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  <bookinfo>

    <title>Artículos políticos 1910</title>
    <subtitle><emphasis>Regeneración</emphasis></subtitle>


     <author>
      <firstname>Ricardo</firstname>
      <surname>Flores Magón</surname>
     </author>

    <legalnotice>

     <para>
      <emphasis>Esta versión 1.0:</emphasis>
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      <emphasis>Comprimidos para descarga rápida</emphasis>:
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     <para>
      <emphasis>Versión más reciente:</emphasis>
      <ulink url="http://www.espora.org/biblioweb/politica/rfm/ap1910/">http://www.espora.org/biblioweb/politica/rfm/ap1910/</ulink>
     </para>

     <para>
     <emphasis>Nota legal:</emphasis>
      Esta edición digital esta basada en la primera edición cibernética
      realizada por Chantal López y Omar Cortés en marzo de 2003 para la
      <ulink url="http://www.antorcha.net/index/biblioteca.html">Biblioteca
      Virtual Antorcha</ulink>. La maquetación con la DTD DocBook XML corrió
      a cargo de la <ulink url="http://www.espora.org/biblioweb/">BiblioWeb
      BASE | Espora.org</ulink> en agosto de 2003.
     </para>

    </legalnotice>
  </bookinfo>

  <preface>
    <title>Prefacio de la edición digital</title>

      <para>
       El interés por realizar esta versión digital a partir de la recopilación
       de Chantal López y Omar Cortés es doble. Por un lado recordar el
       pensamiento de Ricardo Flores Magón, que por su claridad y sencillez
       periodística ayuda a comprender de raíz las causas que  hicieron
       indispensable la insurrección popular de 1910 e incluso las causas
       del malestar social que prosiguió a la usurpación e institucionalización
       de la Revolución Mexicana por parte del Estado hasta nuestros días.
       Por otro lado comenzar el proyecto de una Biblioteca Digital Autónoma
       que se dé a la tarea recopilar y clasificar recursos con licencias de
       publicación libre y/o de fuente abierta así como participar en la
       construcción de una WWW con formatos y protocolos universales que
       faciliten el acceso y la distribución de la información digital.
      </para>

      <para>
       Esta edición se realizó usando la <emphasis>Document Type
       Definition</emphasis>, Definición de Tipo de Documento, para
       documentación libre
       <ulink url="http://www.docbook.org/xml/4.2/">DocBook XML</ulink>,
       de la cual a partir de un documento fuente (XML) se compilaron las
       versiones en los otros formatos (HTML, PDF, RTF). Tanto la edición
       como la compilación de estas vesiones se realizó enteramente con
       software libre, producto de la libre cooperación de miles de personas
       en todo en mundo.
      </para>

      <para>
       Se guarda la esperanza de que esta tarea sea útil, tanto para
       participar en la reflexión entorno a los problemas que aquejan a
       nuestra sociedad como para difundir el uso de tecnologías libres y
       la socialización de la información y el conocimiento.
      </para>

      <para>
       BiblioWeb BASE | Espora.org, 9 de agosto de 2003.
      </para>

  </preface>

  <chapter> 
    <title>Nota de la Editorial Antorcha</title>

      <para>
       El año de 1910 marca, en la historia de México, el inicio
       de una nueva época. El movimiento revolucionario comenzado en
       este año contra el régimen porfirista sería
       irreversible. El porfirismo tocaba a su fin. La larga lucha que
       remontaba a diez años atrás, durante la cual fueron
       miles quienes perdieron la libertad y otros miles la vida, había
       logrado su objetivo: una insurrección general, multitudinaria.
      </para>

      <para>
       Efectivamente, ya varios acontecimientos habían sentenciado a la
       oprobiosa tiranía porfirista; basta rerordar los sucesos de
       Cananea y los de Río Blanco. Todo ello evidenciaba la
       incapacidad del régimen y revelaba la existencia de un
       núcleo organizativo formado con gente de entrega, honestidad y
       talento indiscutible. Sin duda, la actuación de la
       Junta Organizadora del Partido Liberal Mexicano,
       formada en 1905 al calor de los acontecimientos nacionales, fue
       decisiva para que se lograra el estallido de 191O.
      </para>

      <para>
       En agosto de aquel año, Ricardo Flores Magón, Librado
       Rivera y Antonio I. Villarreal salen de la cárcel. Un mes
       después <emphasis>Regeneración</emphasis> reaparece.
       En él, Ricardo expondría sus conceptos sobre la
       revolución, las masas, el proletariado, el clero, el
       Partido Antirreeleccionista y otros temas
       más. Lúcidamente analizaría punto por punto los
       elementos que propician o frenan el desarrollo de toda lucha
       libertaria. En este vocero, no sólo se hacía propaganda,
       se exponía también claramente que una revolución
       es, además de una lucha armada, un enfrentamiento de valores
       éticos y que para forjar una sociedad sin opresores es preciso
       que los individuos que luchan para ese fin, lo tengan bien presente y
       opongan, en la práctica, frente a frente, esos valores.
      </para>

      <para>
       Chantal López y Omar Cortés
      </para>

  </chapter>

  <chapter>
     <title>Regeneracion</title>

      <para>Aquí estamos. Tres años de trabajos forzados en la prisión han
       templado mejor nuestro carácter. El dolor es un acicate para los
       espiritus fuertes. El flagelo no nos somete: nos rebela.
      </para>

      <para>
       Apenas desatados, empuñamos de nuevo la antorcha revolucionaria y
       hacemos vibrar el clarín de combate: <emphasis>Regeneración</emphasis>.
       Los malvados palidecen; los buenos levantan las manos y aplauden.
      </para>

      <para>
       <emphasis>Regeneración</emphasis> es el anuncio de una nueva era.
       Viejo luchador es este periódico; pero siempre joven en sus entusiasmos
       por la libertad y la justicia, siempre viril en sus demandas por la
       igualdad y la fraternidad. Por eso, cuando se anunció su salida, los
       brazos musculosos de los trabajadores se aprestaron a sostenerlo. Es
       que a ellos más que a ningún otro, interesa la vida del viejo campeón
       de la libertad y de la dignidad humanas; es que a ellos, los esclavos
       del salario, los desheredados, los parias en todas las patrias les
       trae <emphasis>Regeneración</emphasis> un mensaje de esperanza. En las
       humildes viviendas se iluminan los rostros en que habría puesto su
       sello de muerte la resignación; es que el proletario anuncia a la
       familia que <emphasis>Regeneración</emphasis> va a salir. En la
       fábrica, en el taller, en el campo, en la mina, la buena nueva corre
       de boca en boca, y parece que pesa menos la cadena; más risueño y
       alegre parece el sol.
      </para>

      <para>
       En cambio, en los palacios, es otro el sentimiento que domina.
       <emphasis>Regeneración</emphasis>, que es caricia y es alivio para
       el que trabaja y el que sufre, es fusta y es castigo para los que
       oprimen y explotan. El poderoso recuerda con horror con qué fuerza,
       con qué implacable destreza hemos dejado caer el látigo sobre sus
       lomos. Díaz y Corral, Creel y Limantour, Reyes y Olegario Molina, y
       mil más, si fueran desnudados por el pueblo, mostrarian en sus carnes
       viejas los surcos que dejó nuestro látigo al caer.
      </para>

      <para>
       Aquí estamos, con la antorcha de la Revolución en una mano y el
       <emphasis>Programa del Partido Liberal</emphasis> en la otra,
       anunciando la guerra. No somos gemebundos mensajeros de paz: somos
       revolucionarios. Nuestras boletas electorales van a ser las balas que
       disparen nuestros fusiles. De hoy en adelante, los marrazos de los
       mercenarios del César no encontrarán el pecho inerme del ciudadano que
       ejercita sus funciones cívicas, sino las bayonetas de los rebeldes
       prontas a devolver golpe por golpe.
      </para>

      <para>
       Sería insensato responder con la ley a quien no respeta la ley; sería
       absurdo abrir el Código para defendernos de la agresión del puñal o de
       la Ley Fuga. ¿Talionizan? ¡Talionicemos! ¿A balazos se nos quiere
       someter? ¡Sometámoslos a balazos también!
      </para>

      <para>
       Ahora, a trabajar. Que se aparten los cobardes: no los queremos; para
       la Revolución sólo se alistan los valientes.
      </para>

      <para>
       Aquí estamos, como siempre, en nuestro puesto de combate. El martirio
       nos ha hecho más fuertes y más resueltos; estamos prontos a más grandes
       sacrificios. Venimos a decir al pueblo mexicano que se acerca el día
       de su liberación. A nuestra vista está la espléndida aurora del nuevo
       día; a nuestros oidos llega el rumor de la tormenta salvadora que está
       próxima a desencadenarse; es que fermenta el espíritu revolucionario;
       es que la Patria entera es un volcán a punto de escupir colérico el
       fuego de sus entrañas. ¡No más paz!, es el grito de los valientes;
       mejor la muerte que esta paz infame. La melena de los futuros héroes
       flota al aire a los primeros soplos de la tragedia que se avecina. Un
       acre, fuerte y sano aliento de guerra vigoriza el medio afeminado.
       El apóstol va anunciando de oido en oido cómo y cuándo comenzará la
       catástrofe, y los rifles aguardan impacientes el momento de abandonar
       el escondite en que yacen, para lucir altaneros bajo el sol de los
       combates.
      </para>

      <para>
       Mexicanos: ¡a la guerra!
      </para>

  </chapter>

  <chapter>
     <title>A los proletarios</title>

      <para>Obreros, escuchad: muy pronto quedará rota la infame paz que por
       más de treinta años hemos sufrido los mexicanos. La calma del momento
       contiene en potencia la insurrección del mañana. La revolución es la
       consecuencia lógica de los mil hechos que han constituído el
       despotismo que ahora vemos en agonia. Ella tiene que venir
       indefectiblemente, fatalmente, con la puntualidad con que aparece
       de nuevo el sol para desvanecer la angustia de la noche. Y vais a ser
       vosotros, obreros, la fuerza de esa revolución. Van a ser vuestros
       brazos los que empuñen el fusil reivindicador. Vuestra va a ser la
       sangre que matizará el suelo patrio, como rojas flores de fuego. Si
       algunos ojos van a llorar su luto y su viudez, esos serán los de
       vuestras madres, de vuestras esposas, de vuestras hijas. Vosotros,
       pues, vais a ser los héroes; vais a ser la espina dorsal de ese
       gigante de mil cabezas que se llama insurrección; vais a ser el
       músculo de la voluntad nacional convertida en fuerza.
      </para>

      <para>
       La revolución tiene que efectuarse irremisiblemente, y, lo que es
       mejor todavia, tiene que triunfar, esto es, tiene que llegar a sangre
       y fuego hasta el cubil donde celebran su último festin los chacales
       que os han devorado en esta larga noche de treinta y cuatro años.
       Pero ¿es eso todo? ¿No os parece absurdo llegar hasta el sacrificio
       por el simple capricho de cambiar de amos?
      </para>

      <para>
       Obreros, amigos míos, escuchad: es preciso, es urgente que llevéis
       a la revolución que se acerca la conciencia de la época; es preciso,
       es urgente que encarnéis en la pugna magna el espiritu del siglo. De
       lo contrario, la revolución que con cariño vemos incubarse en nada
       diferirá de las ya casi olvidadas revueltas fomentadas por la
       burguesia y dirigidas por el caudillaje militaresco, en las cuales
       no jugasteis el papel heróico de propulsores conscientes, sino el
       nada airoso de carne de cañón.
      </para>

      <para>
       Sabedlo de una vez: derramar sangre para llevar al poder a otro
       bandido que oprima al pueblo, es un crimen, y eso será lo que suceda
       si tomáis las armas sin más objeto que derribar a Díaz para poner en
       su lugar un nuevo gobernante.
      </para>

      <para>
       La larga opresión que ha sufrido el pueblo mexicano; la desesperación
       que se ha apoderado de todos como el resultado de esa opresión, han
       fecundado en el alma entristecida del pueblo una sola ambición: la de
       un cambio en los hombres del Gobierno. Ya no se soporta a los hombres
       actuales; se les odia con toda la fuerza de un odio por tanto tiempo
       comprimido, y la idea fija de un cambio de gobernantes ha venido a
       empequeñecer los ideales; los principios salvadores han quedado
       subordinados al solo deseo del cambio en la Administración Pública.
       Un ejemplo tristísimo de la verdad de esto se encuentra en ese loco
       entusiasmo, en esa absurda alegria con que se acogió la candidatura
       de uno de los funcionarios más perversos, de uno de los verdugos más
       crueles que ha tenido la nación mexicana: la candidatura de Bernardo
       Reyes.
      </para>

      <para>
       Cuando se lanzó esa candidatura, no reflexionó el pueblo mexicano
       acerca de la personalidad del postulado. Lo interesante para él, para
       el pueblo, era el cambio. La desesperación popular parecia haberse
       cristalizado en estas palabras: cualquiera, menos Díaz, y como el que
       está a punto de rodar hacia un abismo, se asió de la candidatura
       revista como de un clavo ardiendo. Por fortuna, si Reyes es ambicioso,
       al mismo tiempo es cobarde para ponerse frente a Díaz y luchar contra
       él. Esa cobardía salvó al pueblo mexicano de sufrir una tiranía más
       cruel, una opresión más salvaje, si cabe, que la que actualmente
       lamenta.
      </para>

      <para>
       Para evitar estos lamentables extravíos, es preciso reflexionar. La
       revolución es inminente: ni el Gobierno ni los oposicionistas podrán
       detenerla. Un cuerpo cae por su propio peso, obedeciendo las leyes de
       la gravedad; una sociedad revolucionaria, obedeciendo leyes
       sociológicas incontrastables. Pretender oponerse a que la revolución
       estalle, es una locura que sólo puede cometer el pequeño grupo de
       interesados en que no suceda tal cosa. Y ya que la revolución tiene
       que estallar, sin que nadie ni nada pueda contenerla, bueno es,
       obreros, que saquéis de ese gran movimiento popular todas las ventajas
       que trae en su seno y que serían para la burguesía, si, inconscientes
       de vuestros derechos como clase productora de la riqueza social,
       figuraseis en la contienda simplemente como máquinas de matar y de
       destruir, pero sin llevar en vuestros cerebros la idea clara y precisa
       de vuestra emancipación y engrandecimiento sociales.
      </para>

      <para>
       Tened en cuenta, obreros. que sois los únicos productores de la
       riqueza. Casas, palacios, ferrocarriles, barcos, fábrieas, campos
       cultivados, todo, absolutamente todo está hecho por vuestras manos
       creadoras y, sin embargo, de todo carecéis. Tejéis las telas, y andáis
       casi desnudos; cosecháis el grano, y apenas tenéis un miserable
       mendrugo que llevar a la familia; edificáis casas y palacios, y
       habitáis covachas y desvanes: los metales que arrancáis de la tierra
       sólo sirven para hacer más poderosos a vuestros amos, y, por lo mismo,
       más pesada y más dura vuestra cadena. Mientras más producis, más pobres
       sois y menos libres, por la sencilla razón de que hacéis a vuestros
       señores más ricos y más libres, porque la libertad politica sólo
       aprovecha a los ricos. Así pues, si vais a la revolución con el
       propósito de derribar el despotismo de Porfirio Díaz, cosa que
       lograréis indudablemente, porque el triunfo es seguro, si os va bien
       después del triunfo, obtendréis un Gobierno que ponga en vigor la
       Constitución de 1857, y, con ello, habréis adquirido, al menos por
       escrito, vuestra libertad política; pero en la práctica seguiréis
       siendo tan esclavos como hoy, y como hoy sólo tendréis un derecho:
       el de reventar de miseria.
      </para>


      <para>
       La libertad política requiere la concurrencia de otra libertad para
       ser efectiva: esa libertad es la económica: los ricos gozan de libertad
       económica y es por ello por lo que son los únicos que se benefician
       con la libertad política.
      </para>

      <para>
       Cuando la <emphasis>Junta Organizadora del Partido Liberal
       Mexicano</emphasis> formuló el programa promulgado en St, Louis, Mo.,
       el 1º de julio de 1906, tuvo la convicción, convicción que tiene
       todavía, firmisima convicción que guarda con cariño, de que la
       libertad política debe ir acompañada de la libertad económica para ser
       efectiva, por eso se exponen en el programa los medios que hay que
       emplear para que el proletariado mexicano pueda conquistar su
       independencia económica.
      </para>

      <para>
       Si a la lucha que se aproxima no lleváis la convicción de que sois los
       productores de la riqueza social, y de que por ese solo hecho tenéis
       el derecho no sólo de vivir, sino de gozar de todas las comodidades
       materiales, y de todos los beneficios morales e intelectuales de que
       ahora se aprovechan exclusivamente vuestros amos, no haréis obra
       revolucionaria tal como la sienten vuestros hermanos de los paises más
       cultos. Si no sois conscientes de vuestros derechos como clase
       productora, la burguesía se aprovechará de vuestro sacrificio, de
       vuestra sangre y del dolor de los vuestros, del mismo modo que hoy se
       aprovecha de vuestro trabajo, de vuestra salud y de vuestro porvenir
       en la fábrica, en el campo, en el taller, en la mina.
      </para>

      <para>
       Así pues, obreros, es necesario que os déis cuenta de que tenéis más
       derechos que los que os otorga la Constitución política de 1857, y,
       sobre todo, convenceos de que por el solo hecho de vivir y de formar
       parte de la humanidad, tenéis el inalienable derecho a la felicidad.
       La felicidad no es patrimonio exclusivo de vuestros amos y señores,
       sino vuestro también y con mejor derecho de vuestra parte, porque sois
       los que producís todo lo que hace amena y confortable la vida.
      </para>

      <para>
       Ahora sólo me resta exhortaros a que no desmayéis. Veo en vosotros
       el firme propósito de lanzaros a la revolución para derribar el
       despotismo más vergonzoso, más odioso que ha pesado sobre la raza
       mexicana: el de Porfirio Díaz. Vuestra actitud merece el aplauso de
       todo hombre honrado; pero os repito, llevar al combate la conciencia
       de que la revolución se hace por vosotros, de que el movimiento se
       sostiene con vuestra sangre y de que los frutos de esa lucha serán
       vuestros y de vuestras familias, si sostenéis con la entereza que da
       la convicción de vuestro derecho a gozar de todos los beneficios de
       la civilización.
      </para>

      <para>
       Proletarios: tened presente que váis a ser el nervio de la revolución;
       id a ella, no como el ganado que se lleva al matadero, sino como
       hombres conscientes de todos sus derechos. Id a la lucha: tocad
       resueltamente a las puertas de la epopeya; la gloria os espera
       impaciente de que no hayáis hecho pedazos todavía vuestras cadenas
       en el cráneo de vuestros verdugos.
      </para>

      <para>
       (De <emphasis>Regeneración</emphasis>, 3 de septiembre de 1910).
      </para>

  </chapter>

  <chapter>
     <title>El Derecho de Rebelión</title>

      <para>Desde lo alto de su roca el Buitre Viejo acecha. Una claridad
       inquietante comienza a disipar las sombras que en el horizonte
       amontonó el crimen, y en la lividez del paisaje parece adivinarse la
       silueta de un gigante que avanza: es la Insurrección.
      </para>

      <para>
       El Buitre Viejo se sumerge en el abismo de su conciencia, hurga los
       lodos del bajo fondo; pero nada haya en aquellas negruras que le
       explique el por qué de la rebelión. Acude entonces a los recuerdos;
       hombres y cosas y fechas y circunstancias pasan por su mente como un
       desfile dantesco; pasan los mártires de Veracruz, pálidos, mostrando
       las heridas de sus cuerpos, recibidas una noche a la luz de un
       farolillo, en el patio de un cuartel, por soldados borrachos
       mandados por un jefe borracho también de vino y de miedo; pasan los
       obreros de <emphasis>El Republicano</emphasis>, lívidos, las ropas
       humildes y las carnes desgarradas por los sables y las bayonetas de
       los esbirros; pasan las familias de Papantla, ancianos, mujeres, niños,
       acribillados a balazos; pasan los obreros de Cananea, sublimes en su
       sacrificio chorreando sangre; pasan los trabajadores de Río Blanco,
       magníficos, mostrando las heridas denunciadoras del crimen oficial;
       pasan los mártires de Juchitán, de Velardeña, de Monterrey, de Acayucan,
       de Tomochic; pasan Ordoñez, Olmos y Contreras, Rivero Echegaray,
       Martínez, Valadez, Martínez Carreón; pasan Ramírez Terrón, García de
       la Cadena, Ramón Corona; pasan Ramírez Bonilla, Albertos, Kaukum,
       Leyva. Luego pasan legiones de espectros, legiones de viudas, legiones
       de huérfanos, legiones de prisioneros y el pueblo entero pasa, desnudo,
       mascilento, débil por la ignorancia y el hambre.
      </para>

      <para>
       El Buitre Viejo alisa con rabia las plumas alborotadas por el
       torbellino de los recuerdos, sin encontrar en éstos el porqué de la
       Revolución. Su conciencia de ave de rapiña justifica la muerte. ¿Hay
       cadáveres? La vida está asegurada.
      </para>

      <para>
       Así viven las clases dominantes: del sufrimiento y de la muerte de las
       clases dominadas, y pobres y ricos, oprimidos y déspotas, en virtud de
       la costumbre y de las preocupaciones heredadas, consideran natural este
       absurdo estado de cosas.
      </para>

      <para>
       Pero un día uno de los esclavos toma un periódico, y lo lee: es un
       periódico libertario. En él se ve cómo el rico abusa del pobre sin más
       derecho que el de la fuerza y la astucia; en él se ve cómo el gobierno
       abusa del pueblo sin otro derecho que el de la fuerza. El esclavo
       piensa entonces y acaba por concluir que, hoy como ayer, la fuerza es
       soberana, y, consecuente con su pensamiento, de hace rebelde. A la
       fuerza no se la domina con razones: a la fuerza se la domina con la
       fuerza.
      </para>

      <para>
       El derecho de rebelión penetra en las conciencias, el descontento
       crece, el malestar se hace insoportable, la protesta estalla al fin y
       se inflama el ambiente. Se respira una atmósfera fuerte por los eluvios
       de rebeldía que la saturan y el horizonte comenza a aclararse. Desde
       lo alto de su roca el Buitre Viejo acecha. De las llanadas no suben ya
       rumores de quejas, ni de suspiros ni de llantos: es rugido el que se
       escucha. Baja la vista y se estremece: no percibe una sola espalda; es
       que el pueblo se ha puesto de pie.
      </para>

      <para>
       Bendito momento aquel en que un pueblo se yergue. Ya no es el rebaño de
       lomos tostados por el sol, ya no es la muchedumbre sórdida de resignados
       y de sumisos, sino la hueste de rebeldes que se lanza a la conquista de
       la tierra ennoblecida porque al fin la pisan hombres.
      </para>

      <para>
       El derecho de rebelión es sagrado porque su ejercicio es indispensable
       para romper los obstáculos que se oponen al derecho de vivir. Rebeldía,
       grita la mariposa, al romper el capullo que la aprisiona; rebeldía,
       grita la yema al desgarrar la recia corteza que cierra el paso; 
       rebeldía, grita el grano en el surco al agrietar la tierra para recibir
       los rayos del sol; rebeldía, grita el tierno ser humano al desgarrar
       las entrañas maternas; rebeldía, grita el pueblo cuando se pone de pie
       para aplastar a tiranos y explotadores.
      </para>

      <para>
       La rebeldía es la vida: la sumisión es la muerte. ¿Hay rebeldes en un
       pueblo? La vida está asegurada y asegurados están también el arte y la
       ciencia y la industria. Desde Prometeo hasta Kropotkin, los rebeldes
       han hecho avanzar a la humanidad.
      </para>

      <para>
       Supremo derecho de los instantes supremos es la rebeldía. Sin ella,
       la humanidad andaría perdida aún en aquel lejano crepúsculo que la
       Historia llama la Edad de la Piedra, sin ella la inteligencia humana
       hace tiempo que habría naufragado en el lodo de los dogmas; sin ella,
       los pueblos vivirían aún de rodillas ante los principios del derecho
       divino; sin ella, esta América hermosa continuaría durmiendo bajo la
       protección del misterioso océano; sin ella, los hombres verían aun
       perfilarse los recios contornos de esa afrenta humana que se llamó la
       Bastilla.
      </para>

      <para>
       Y el Buitre Viejo acecha desde lo alto de su roca, fija la
       sanguinolenta pupila en el gigante que avanza sin darse cuenta aún del
       por qué de la insurrección. El derecho de rebelión no lo entienden los
       tiranos.
      </para>

      <para>
       (De <emphasis>Regeneración</emphasis>, 10 de septiembre de 1910).
      </para>

  </chapter>
 
  <chapter>
     <title>Predicar la paz es un crimen</title>

      <para>
       Trémulo y pálido, inquieta la mirada, colgante el belfo, un hombre
       se abre paso por entre la multitud, y dando tropezones, arrastrando
       los pies como si fueran de plomo, sube a la tribuna: es el Miedo quien
       va a hablar. Filosofía de bestias de cuadra es la que predica. La paz
       es buena, dice; la paz es un gran bien, La vida es dulce y es amable,
       prosigue; cuidemos, pues, la vida.
      </para>

      <para>
       Momentos antes, altivos tribunos habían sacudido a aquella multitud,
       y el heroismo, el arrojo y la rebelde audacia habian hecho vibrar
       aquellas almas, almas proletarias, espíritus taciturnos de vencidos
       seculares que, al grito de rebelión, habían sentido levantarse de los
       más escondidos rincones de su ser el ansia de los héroes, el coraje de
       los bravos. Un grito más, y aquellos esclavos habrían dejado caer con
       rabia ese fardo que los encorva y los somete con más eficacia que el
       presidio y el cadalso: el reepeto a los de arriba. Pero el Miedo se
       encarama y habla; sus palabras pasan sobre aquellas cabezas como un
       soplo de invierno; y los entusiasmos se apagan, el ansia ardiente se
       entumece, y aquellos seres humanos, que habían podido llegar a los
       umbrales del heroísmo e iban ya a franquear sus puertas, abren los
       ojos con espanto y retroceden para caer de nuevo envilecidos y sumisos
       a los pies de sus verdugos, repitiendo las palabras malditas: la paz
       es buena; la paz es un gran bien.
      </para>

      <para>
       Esta es la historia de todos los humanos esfuerzos hacia la libertad
       y la felicidad. Poniendo en riesgo su vida y su bienestar, habla el
       apóstol. Los esclavos se enderezan y escuchan. La vívida palabra del
       apóstol cae sobre las almas entristecidas por el secular dolor como
       un bálsamo bienhechor. Es un consuelo saber que todos, por el solo
       hecho de nacer, tenemos derecho a vivir y a ser felices. ¿No somos
       felices? Es que hay alguien que pone obstaculos al libre disfrute de
       la felicidad. Y el apóstol habla entonces del amo, del fraile, del
       soldado y del gobernante. Estos pesan sobre los proletarios desde que
       apareció el primer ladrón que dijo: este pedazo de tierra es mio, y
       desde entonces han moldeado a su antojo la inteligencia humana,
       amedrentándola unos con el temor al infierno y aterrorizándola otros
       con el calabozo y la muerte. De aquí deriva el religioso respeto a los
       de arriba; respeto al fraile que embrutece; respeto al soldado que
       asesina; respeto al gobernante que oprime; respeto al amo que vive del
       trabajo de los parias, y ese respeto prescrito por las leyes, tan
       admirablemente dispuestas que con ellas sólo se benefician los de
       arriba y se perjudican los de abajo, oprime a la humanidad, la hace
       esclava, la hace desgraciada porque quita el derecho al libre examen,
       arrebata la prerrogativa de gozar de todos los bienes con que nos
       brinda la naturaleza, nos tienta la civilización y hace al hombre
       incapaz de levantar la vista y mirar de frente a sus opresores.
      </para>

      <para>
       Contra ese respeto habla el apóstol y sus palabras son inyecciones de
       santa soberbia que vigoriza a las multitudes. El deseo de ser libres
       se apodera y el espíritu de la justicia inmortal parece que al fin se
       decide a echar sus raíces en el corazón del hombre. Pero viene el
       Miedo y habla; se sobrecogen de terror los corazones; los brazos más
       firmes dejan caer con desaliento las armas libertarias y de los labios
       envilecidos brotan una por una las odiosas palabras: la vida es dulce
       y amable; cuidemos, pues, la vida.
      </para>

      <para>
       Y bien, predicar la paz es un crimen. Predicar la paz cuando el tirano
       nos deshonra imponiéndonos su voluntad; cuando el rico nos extorsiona
       hasta convertirnos en sus esclavos; cuando el Gobierno, y la Burguesía
       y el Clero matan toda aspiración y toda esperanza; predicar la paz en
       tales circunstancias es cobarde, es vil, es criminal. La paz con
       cadenas es una afrenta que se debe rechazar. Hay paz en la ergástula,
       hay paz en el cementerio, hay paz en el convento; pero esa paz no es
       vida; esa paz no enaltece; esa es la paz de Porfirio Díaz, la paz en 
       que medra el eunuco y se prostituye el ciudadano; la paz de los
       Faraones, la paz de los Zares, la paz de los Césares, la paz de los
       sátrapas del Oriente. Una paz asi, ¡maldita sea!
      </para>

      <para>
       Contra una paz asi debemos rebelarnos todos los que todavía andamos
       en dos pies. La muerte en medio de la Revolución es más dulce que la
       vida en medio de la opresión. La libertad o la muerte, debe ser nuestro
       grito, y a su conjuro levantémonos todos para aplastar, primero, a los
       cobardes que predican la paz; en seguida, a los tiranos.
      </para>

      <para>
       Primero a los cobardes, porque ellos son el más seguro apoyo de todo
       despotismo y los enemigos más peligrosos de todo progreso. Blasfemia,
       gritan los cobardes. Si, bendita blasfemia, responde el revolucionario;
       blasfemia creadora; blasfemia vidente; blasfemia sabia; blasfemia justa.
       La blasfemia puso sus manos en los altares y los tronos de la Tierra, y
       los hizo pedazos; la blasfemia se elevó al cielo donde otra corte, la
       celestial, imperaba y la hizo añicos con la razón dejando en su lugar
       soles magnificos cuya composición química nos dió a conocer; la
       blasfemia rompió el freno con que la ignorancia tenía fija a la Tierra
       en un punto del espacio y la echó a rodar en su elipse gloriosa
       alrededor del Sol; la blasfemia arrancó el rayo de las manos de
       Júpiter y lo redujo a prisión en la botella de Leyden, e infatigable
       y audaz la blasfemia, después de haber llegado al cielo y derribado
       dioses; después de haber encadenado las fuerzas ciegas de la naturaleza;
       después de haber descubierto la impostura del derecho divino de los
       llamados señores de la Tierra; después de haber escudriñado los mares
       hasta encontrar el protoplasma, o sea la más pequeña raíz del árbol
       zoológico cuyo más bello fruto es el hombre, se levanta serena, con la
       serenidad augusta de la Ciencia, para formular ante el Capital esta
       sencilla pregunta: ¿por qué reinas?
      </para>

      <para>
       Obreros de la Revolución: cultivad la irreverencia.
      </para>

      <para>
      (De <emphasis>Regeneración</emphasis>, 17 de septiembre de 1910).
      </para>
   
  </chapter>

  <chapter>
     <title>A la mujer</title>

      <para>
       Compañeras: la catástrofe está en marcha, airados los ojos, el rojo
       pelo al aire, nerviosas las manos prontas a llamar a las puertas de
       la patria. Esperémosla con serenidad. Ella, aunque trae en su seno
       la muerte, es anuncio de vida, es heraldo de esperanza. Destruirá y
       creará al mismo tiempo; derribará y construirá. Sus puños son los
       puños formidables del pueblo en rebelión. No trae rosas ni caricias:
       trae un hacha y una tea.
      </para>

      <para>
       Interrumpiendo el milenario festín de los satisfechos, la sedición
       levanta la cabeza, y la frase de Baltasar se ha convertido con los
       tiempos en un puño crispado suspendido sobre la cabeza de las llamadas
       clases directoras.
      </para>

      <para>
       La catástrofe está en marcha. Su tea producirá el incendio en que
       arderán el privilegio y la injusticia. Compañeras, no temáis la
       catástrofe. Vosotras constituís la mitad de la especie humana, y,
       lo que afecta a ésta, afecta a vosotras como parte integrante de la
       humanidad. Si el hombre es esclavo, vosotras lo sois también. La
       cadena no reconoce sexos; la infamia que avergüenza al hombre os
       infama de igual modo a vosotras. No podéis sustraeros a la vergüenza
       de la opresión: la misma garra que acogota al hombre os estrangula
       a vosotras.
      </para>

      <para>
       Necesario es, pues, ser solidarios en la gran contienda por la
       libertad y la felicidad. ¿Sois madres? ¿Sois esposas? ¿Sois hermanas?
       ¿Sois hijas? Vuestro deber es ayudar al hombre; estar con él cuando
       vacila, para animarlo; volar a su lado cuando sufre para endulzar
       su pena y reir y cantar con él cuando el triunfo sonrie. ¿Que no
       entendéis de política? No es ésta una cuestión de política: es una
       cuestión de vida o muerte. La cadena del hombre es la vuestra ¡ay! y
       tal vez más pesada y más negra y más infamante es la vuestra. ¿Sois
       obrera? Por el solo hecho de ser mujer se os paga menos que al hombre
       y se os hace trabajar más; tenéis que sufrir las impertinencias del
       capataz o del amo, y si además sois bonita, los amos asediarán
       vuestra virtud, os cercarán, os estrecharán a que les deis vuestro
       corazón, y si flaqueais, os lo robarán con la misma cobardía con que
       os roban el producto de vuestro trabajo.
      </para>

      <para>
       Bajo el imperio de la injusticia social en que se pudre la humanidad,
       la existencia de la mujer oscila en el campo mezquino de su destino,
       cuyas fronteras se pierden en la negrura de la fatiga y el hambre o
       en las tinieblas del matrimonio y la prostitución.
      </para>

      <para>
       Es necesario estudiar, es preciso ver, es indispensable escudriñar
       página por página de ese sombrío libro que se llama la vida, agrio
       zarzal que desgarra las carnes del rebaño humano, para darse cuenta
       exacta de la participación de la mujer en el universal dolor.
      </para>

      <para>
       El infortunio de la mujer es tan antiguo, que su origen se pierde en
       la penumbra de la leyenda. En la infancia de la humanidad se
       consideraba como una desgracia para la tribu el nacimiento de una niña.
       La mujer labraba la tierra, traía leña del bosque y agua del arroyo,
       cuidaba el ganado, ordeñaba las vacas y las cabras, construía la choza,
       hacía las telas para los vestidos, cocinaba la comida, cuidaba los
       enfermos y los niños. Los trabajos más sucios eran desempeñados por
       la mujer. Si se moría de fatiga un buey, la mujer ocupaba su lugar
       arrastrando el arado, y cuando la guerra estallaba entre dos tribus
       enemigas, la mujer cambiaba de dueño; pero continuaba, bajo el látigo
       del nuevo amo, desempeñando sus funciones de bestia de carga.
      </para>

      <para>
       Más tarde, bajo la influencia de la civilización griega, la mujer subió
       un peldaño en la consideración de los hombres. Ya no era la bestia de
       carga del clan primitivo ni hacía la vida claustral de las sociedades
       del Oriente; su papel entonces fue el de productora de ciudadanos
       para la patria, si pertenecía a una familia libre, o de siervos para
       la gleba, si su condición era de ilota.
      </para>

      <para>
       El cristianismo vino después a agravar la situación de la mujer con el
       desprecio a la carne. Los grandes padres de la Iglesia formularon los
       rayos de su cólera contra las gracias femeninas; y San Agustín, Santo
       Tomás y otros santos, ante cuyas imágenes se arrodillan ahora las
       pobres mujeres, llamaron a la mujer hija del demonio, vaso de impureza,
       y la condenaron a sufrir las torturas del infierno.
      </para>

      <para>
       La condición de la mujer en este siglo varía según su categoría social;
       pero a pesar de la dulcificación de las costumbres, a pesar de los
       progresos de la filosofía, la mujer sigue subordinada al hombre por la
       tradición y por la ley. Eterna menor de edad, la ley la pone bajo la
       tutela del esposo; no puede votar ni ser votada, y para poder celebrar
       contratos civiles, forzoso es que cuente con bienes de fortuna.
      </para>

      <para>
       En todos los tiempos la mujer ha sido considerada como un ser inferior
       al hombre, no sólo por la ley, sino también por la costumbre, y a ese
       erróneo e injusto concepto se debe el infortunio que sufre desde que la
       humanidad se diferenciaba apenas de la fauna primitiva por el uso del
       fuego y el hacha de sílex.
      </para>

      <para>
       Humillada, menospreciada, atada con las fuertes ligaduras de la
       tradición al potro de una inferioridad irracional, familiarizada por
       el fraile con los negocios del cielo, pero totalmente ignorante de los
       problemas de la tierra, la mujer se encuentra de improviso envuelta en
       el torbellino de la actividad industrial que necesita brazos, brazos
       baratos sobre todo, para hacer frente a la competencia provocada por la
       voracidad de los príncipes del dinero y echa garra de ella,
       aprovechando la circunstancia de que no está educada como el hombre
       para la guerra industrial, no está organizada con las de su clase para
       luchar con sus hermanos los trabajadores contra la rapacidad del
       capital.
      </para>

      <para>
       A esto se debe que la mujer, aun trabajando más que el hombre, gana
       menos, y que la miseria, y el maltrato y el desprecio son hoy, como
       lo fueron ayer, los frutos amargos que recoge por toda una existencia
       de sacrificio, El salario de la mujer es tan mezquino que con
       frecuencia tiene que prostituirse para poder sostener a los suyos
       cuando en el mercado matrimonial no encuentra un hombre que la haga
       su esposa, otra especie de prostitución sancionada por la ley y
       autorizada por un funcionario público, porque prostitución es y no
       otra cosa, el matrimonio, cuando la mujer se casa sin que intervenga
       para nada el amor, sino sólo el propósito de encontrar un hombre que
       la mantenga, esto es, vende su cuerpo por la comida, exactamente como
       lo practica la mujer perdida, siendo esto lo que ocurre en la mayoría
       de los matrimonios.
      </para>

      <para>
       ¿Y qué podría decirse del inmenso ejército de mujeres que no
       encuentran esposo? La carestía creciente de los articulos de primera
       necesidad, el abaratamiento cada vez más inquietante del precio del
       trabajo humano, como resultado del perfeccionamiento de la maquinaria,
       unido todo a las exigencias, cada vez más grandes, que crea el medio
       moderno, incapacitan al hombre económicamente a echar sobre sí una
       carga más: la manutención de una familia. La institución del servicio
       militar obligatorio que arranca del seno de la sociedad a un gran
       número de varones fuertes y jóvenes, merma también la oferta masculina
       en el mercado matrimonial. Las emigraciones de trabajadores,
       provocadas por diversos fenómenos económicos o políticos, acaban por
       reducir todavía más el número de hombres capacitados para contraer
       matrimonio. El alcoholismo, el juego y otros vicios y diversas
       enfermedades reducen aún más la cifra de los candidatos al matrimonio.
       Resulta de esto que el número de hombres aptos para contraer matrimonio
       es reducidísimo y que, como una consecuencia, el número de solteras sea
       alarmante, y como su situación es angustiosa, la prostitución engrosa
       cada vez más sus filas y la raza humana degenera por el envilecimiento
       del cuerpo y del espíritu.
      </para>

      <para>
       Compañeras: este es el cuadro espantoso que ofrecen las modernas
       sociedades. Por este cuadro veís que hombres y mujeres sufren por igual
       la tiranía de un ambiente político y social que está en completo
       desacuerdo con los progresos de la civilización y las conquistas de
       la filosofía. En los momentos de angustia, dejad de elevar vuestros
       bellos ojos al cielo; ahi están aquéllos que más han contribuido a
       hacer de vosotras las eternas esclavas. El remedio está aquí, en la
       Tierra, y es la rebelión.
      </para>

      <para>
       Haced que vuestros esposos, vuestros hermanos, vuestros padres,
       vuestros hijos y vuestros amigos tomen el fusil. A quien se niegue a
       empuñar un arma contra la opresión, escupidle el rostro.
      </para>

      <para>
       La catástrofe está en marcha. Jiménez y Acayucan, Palomas, Viesca, Las
       Vacas y Valladolid son las primeras rachas de su aliento formidable.
       Paradoja trágica: la libertad, que es vida, se conquista repartiendo
       la muerte.
      </para>

      <para>
       (De <emphasis>Regeneración</emphasis>, 24 de septiembre de 1910).
      </para>
   
  </chapter>

  <chapter>
     <title>Vamos hacia la vida</title>

      <para>
       No vamos los revolucionarios en pos de una quimera: vamos en pos de la
       realidad. Los pueblos ya no toman las armas para imponer un dios o una
       religión, los dioses se pudren en los libros sagrados; las religiones
       se deslíen en las sombras de la indiferencia. El Corán, los Vedas, la
       Biblia, ya no esplenden: en sus hojas amarillentas agonizan los dioses
       tristes como el sol en un crepúsculo de invierno.
      </para>

      <para>
       Vamos hacia la vida. Ayer fue el cielo el objetivo de los pueblos:
       ahora es la tierra. Ya no hay manos que empuñen las lanzas de los
       caballeros. La cimitarra de Alí yace en las vitrinas de los museos.
       Las hordas del dios de Israel se hacen ateas. El polvo de los dogmas
       va desapareciendo al soplo de los años.
      </para>

      <para>
       Los pueblos ya no se rebelan, porque prefieren adorar un dios en vez
       de otro. Las grandes conmociones sociales que tuvieron su génesis en
       las religiones, han quedado petrificadas en la historia. La Revolución
       francesa conquistó el derecho de pensar; pero no conquistó el derecho
       de vivir, y a tomar este derecho se disponen los hombres conscientes de
       todos los países y de todas las razas.
      </para>

      <para>
       Todos tenemos derecho de vivir, dicen los pensadores, y esta doctrina
       humana ha llegado al corazón de la gleba como un rocío bienhechor.
       Vivir, para el hombre, no significa vegetar. Vivir significa ser libre
       y ser feliz. Tenemos, pues, todos derecho a la libertad y a la
       felicidad.
      </para>

      <para>
       La desigualdad social murió en teoría al morir la metafísica por la
       rebeldía del pensamiento. Es necesario que muera en la práctica. A
       este fin encaminan sus esfuerzos todos los hombres libres de la tierra.
      </para>

      <para>
       He aquí por qué los revolucionarios no vamos en pos de una quimera.
       No luchamos por abstracciones, sino por materlalidades. Queremos
       tierra para todos, para todos pan. Ya que forzosamente ha de correr
       sangre, que las conquistas que se obtengan beneficien a todos y no a
       determinada casta social.
      </para>

      <para>
       Por eso nos escuchan las multitudes; por eso nuestra voz llega hasta
       las masas y las sacude y las despierta, y, pobres como somos, podemos
       levantar un pueblo.
      </para>

      <para>
       Somos la plebe; pero no la plebe de los Faraones, mustia y doliente; ni
       la plebe de los Césares, abyecta y servil; ni la plebe que bate palmas
       al paso de Porfirio Díaz. Somos la plebe rebelde al yugo; somos la plebe
       de Espartaco, la plebe que con Munzer proclama la igualdad, la plebe que
       con Camilo Desmoulins aplasta la Bastilla, la plebe que con Hidalgo
       incendia Granaditas, somos la plebe que con Juárez sostiene la Reforma.
      </para>

      <para>
       Somos la plebe que despierta en medio de la francachela de los hartos
       y arroja a los cuatro vientos como Un trueno esta frase formidable:
       ¡Todos tenemos derecho a ser libres y felices!. Y el pueblo, que ya no
       espera que descienda a algún Sinaí la palabra de Dios grabada en unas
       tablas, nos escucha. Debajo de las burdas telas se inflaman los
       corazones de los leales. En las negras pocilgas, donde se amontonan
       y pudren los que fabrican la felicidad de los de arriba, entra un rayo
       de esperanza. En los surcos medita el peón. En el vientre de la Tierra
       el minero repite la frase a sus compañeros de cadenas. Por todas partes
       se escucha la respiración anhelosa de los que van a rebelarse. En la
       obscuridad, mil manos nerviosas acarician el arma y mil pechos
       impacientes consideran siglos los días que faltan para que se escuche
       este grito de hombres: ¡rebeldía!
      </para>

      <para>
       El miedo huye de los pechos: sólo los viles lo guardan. El miedo es un
       fardo pesado, del que se despojan los valientes que se avergüenzan de
       ser bestias de carga. Los fardos obligan a encorvarse, y los valientes
       quieren andar erguidos. Si hay que soportar algún peso, que sea un peso
       digno de titanes; que sea el peso del mundo o de un universo de
       responsabilidades.
      </para>

      <para>
       ¡Sumisión! es el grito de los viles; ¡rebeldía! es el grito de los
       hombres. Luzbel, rebelde, es más digno que el esbirro Gabriel, sumiso.
      </para>

      <para>
       Bienaventurados los corazones donde enraiza la protesta.
       ¡Indisciplina y rebeldía!, bellas flores que no han sido debidamente
       cultivadas.
      </para>

      <para>
       Los timoratos palidecen de miedo y los hombres serios se escandalizan
       al oír nuestras palabras; los timoratos y los hombres serios de mañana
       las aplaudirán. Los timoratos y los serios de hoy, que adoran a Cristo,
       fueron los mismos que ayer lo condenaron y lo crucificaron por rebelde.
       Los que hoy levantan estatuas a los hombres de genio, fueron los que
       ayer los persiguieron, los cargaron de cadenas o los echaron a la
       hoguera. Los que torturaron a Galileo y le exigieron su retractación,
       hoy lo glorifican; los que quemaron vivo a Giordano Bruno, hoy lo
       admiran; las manos que tiraron de la cuerda que ahorcó a John Brown,
       el generoso defensor de los negros, fueron las mismas que más tarde
       rompieron las cadenas de la esclavitud por la guerra de secesión;
       los que ayer condenaron, excomulgaron y degradaron a Hidalgo, hoy
       lo veneran; las manos temblorosas que llevaron la cicuta a los labios
       de Sócrates, escriben hoy llorosas apologías de ese titán del
       pensamiento.
      </para>

      <para>
       Todo hombre -dice Carlos Malato- es a la vez el reaccionario de otro
       hombre y el revolucionario de otro también.
      </para>

      <para>
       Para los reaccionarios -hombres serios de hoy- somos revolucionarios;
       para los revolucionarios de mañana nuestros actos habrán sido de
       hombres serios. Las ideas de la humanidad varian siempre en el sentido
       del progreso, y es absurdo pretender que sean inmutables como las
       figuras de las plantas y los animales impresas en las capas geológicas.
      </para>

      <para>
       Pero si los timoratos y los hombres serios palidecen de miedo y se
       escandalizan con nuestra doctrina, la gleba se alienta. Los rostros
       que la miseria y el dolor han hecho feos, se transfiguran; por las
       mejillas tostadas ya no corren lágrimas; se humanizan las caras,
       todavía mejor, se divinizan, animadas por el fuego sagrado de la
       rebelión. ¿Qué escultor ha esculpido jamás un héroe feo? ¿Qué pintor
       ha dejado en el lienzo la figura deforme de algún héroe? Hay una luz
       misteriosa que envuelve a los héroes y los hace deslumbradores.
       Hidalgo, Juárez, Morelos, Zaragoza, deslumbran como soles. Los griegos
       colocaban a sus héroes entre los semidioses.
      </para>

      <para>
       Vamos hacia la vida; por eso se alienta la gleba, por eso ha despertado
       el gigante y por eso no retroceden los bravos. Desde su Olimpo,
       fabricado sobre las piedras de Chapultepec, un Júpiter de zarzuela
       pone precio a las cabezas de los que luchan; sus manos viejas firman
       sentencias de canibales; sus canas deshonradas se rizan como los pelos
       de un lobo atacado de rabia. Deshonra de la ancianidad, este viejo
       perverso se aferra a la vida con la desesperación de un náufrago. Ha
       quitado la vida a miles de hombres y lucha a brazo partido con la
       muerte para no perder la suya.
      </para>

      <para>
       No importa; los revolucionarios vamos adelante. El abismo no nos
       detiene: el agua es más bella despeñándose.
      </para>

      <para>
       Si morimos, moriremos como soles: despidiendo luz.
      </para>

      <para>
       Nota.- Este artículo fue escrito en San Francisco, California, en
       julio de 1907, y publicado en el mismo mes en Los Angeles, Cal., en un
       periódico llamado <emphasis>Revolución</emphasis>. Depués se volvió a
       reimprimir en el número 5 de <emphasis>Regeneración</emphasis>, del
       1º de octubre de 1910.
      </para>
   
  </chapter>

  <chapter>
     <title>Tierra</title>

      <para>
       Millones de seres humanos dirigen en estos momentos al cielo su triste
       mirada, con la esperanza de encontrar más allá de las estrellas que
       alcanzan a ver, ese algo que es el todo porque constituye el fin, forma
       el objeto del doloroso esfuerzo, del penoso batallar de la especie
       hombre desde que sus pasos vacilantes la pusieron un palmo adelante de
       las especies irracionales: ese algo es la felicidad.
      </para>

      <para>
       ¡La felicidad! <emphasis>La felicidad no es de este mundo</emphasis>,
       dicen las religiones: <emphasis>la felicidad está en el cielo, está
       más allá de la tumba</emphasis>. Y el rebaño humano levanta la vista,
       e ignorante de la ciencia del cielo, piensa que este está muy lejos
       cuando sus pies se apoyan precisamente en este astro, que con sus
       hermanos constituye la gloria y la grandeza del Firmamento.
      </para>

      <para>
       La Tierra forma parte del cielo; la humanidad, por lo mismo, está en
       el cielo. No hay que levantar la vista con la esperanza de encontrar
       la felicidad detrás de esos astros que embellecen nuestras noches: la
       felicidad está aquí, en el astro Tierra, y no se conquista con rezos,
       no se consigue con oraciones, ni ruegos, ni humillaciones ni llantos:
       hay que disputarla de pie y por la fuerza, porque los dioses de la
       Tierra no son como los de las religiones: blandos a la oración y al
       ruego; los dioses de la Tierra tienen soldados, tienen polizontes,
       tienen jueces, tienen verdugos, tienen presidios, tienen horcas,
       tienen leyes, todo lo cual constituye lo que se llama instituciones,
       montañas escarpadas que impiden a la humanidad alargar el brazo y
       apoderarse oe la Tierra, hacerla suya, someterla a su servicio, con
       lo que se haría de la felicidad el patrimonio de todos y no el
       privilegio exclusivo de los pocos que hoy la detentan.
      </para>

      <para>
       La Tierra es de todos. Cuando hace millones de millones de años no
       se desprendia aún la Tierra del grumo caótico que andando el tiempo
       había de dotar al firmamento de nuevos soles, y después, por el
       sucesivo enfriamiento de ellos, de planetas más o menos bien
       acondicionados para la vida orgánica, este planeta no tenia dueño.
       Tampoco tenía dueño la Tierra cuando la humanidad hacia de cada
       viejo tronco del bosque o de cada caverna de la montaña una vivienda
       y un refugio contra la intemperie y contra las fieras. Tampoco tenía
       dueño la Tierra cuando más adelantada la humanidad en la dolorosa vía
       de su progreso llegó al periodo pastoril: donde había pastos, allí se
       estacionaba la tribu que poseía en común los ganados. El primer dueño
       apareció con el primer hombre que tuvo esclavos para labrar los campos,
       y para hacerse dueño de esos esclavos y de esos campos necesitó hacer
       uso de las armas y llevar la guerra a una tribu enemiga. Fue, pues, la
       violencia el origen de la propiedad territorial, y por la violencia
       se ha sostenido desde entonces hasta nuestros días.
      </para>

      <para>
       Las invasiones, las guerras de conquista, las revoluciones políticas,
       las guerras para dominar mercados, los despojos llevados a cabo por los
       gobernantes o sus protegidos son los títulos de la propiedad
       territorial, títulos sellados con la sangre y con la esclavitud de la
       humanidad; y este monstruoso origen de un derecho absurdo, porque se
       basa en el crimen, no es un obstáculo para que la ley llame sagrado
       ese derecho, como que son los detentadores mismos de la Tierra los
       que han escrito la ley.
      </para>

      <para>
       La propiedad territorial se basa en el crimen, y, por lo mismo, es una
       instituciún inmoral. Esta institución es la fuente de todos los males
       que afligen al ser humano. El vicio, el crimen, la prostitución, el
       despotismo, de ella nacen. Para protegerla se hacen necesarios el
       ejército, la judicatura, el parlamento, la policía, el presidio,
       el cadalso, la iglesia, el gobierno y un enjambre de empleados y de
       zánganos, siendo todos ellos mantenidos precisamente por los que no
       tienen un terrón para reclinar la cabeza, por los que vinieron a la
       vida cuando la Tierra estaba ya repartida entre unos cuantos bandidos
       que se la apropiaron por la fuerza o entre los descendientes de esos
       bandidos, que han venido poseyéndola, por el llamado derecho de
       herencia.
      </para>

      <para>
       La Tierra es el elemento principal del cual se extrae o se hace
       producir todo lo que es necesario para la vida. De ella se extraen
       los metales útiles: carbón, piedra, arena, cal, sales. Cultivándola
       produce toda clase de frutos alimenticios y de lujo. Sus praderas
       proporcionan alimento al ganado, mientras sus bosques brindan su
       madera y las fuentes sus líneas generadoras de vida y de belleza. Y
       todo esto pertenece a unos cuantos, hace felices a unos cuantos, da
       poder a unos cuantos, cuando la Naturaleza lo hizo para todos.
      </para>

      <para>
       De esta tremenda injusticia nacen todos los males que afligen a la
       especie humana al producir la miseria. La miseria envilece, la
       miseria prostituye, la miseria empuja al crimen, la miseria bestializa
       el rostro, el cuerpo y la inteligencia.
      </para>

      <para>
       Degradadas, y, lo que es peor, sin consciencia de su vergüenza, pasan
       las generaciones en medio de la abundancia y de la riqueza sin probar
       la felicidad acaparada por unos pocos. Al pertenecer la Tierra a unos
       cuantos, los que no la poseen tienen que alquilarse a los que la
       poseen para siquiera tener en pie la pie y la osamenta. La humillación
       del salario o el hambre: éste es el dilema con que la propiedad
       territorial recibe a cada nuevo ser que viene a la vida; dilema de
       hierro que empuja a la humanidad a ponerse ella misma las cadenas de
       la esclavitud, si no quiere perecer de hambre o entregarse al, crimen
       o a la prostitución.
      </para>

      <para>
       Preguntad ahora por qué oprime el Gobierno, por qué roba o mata el
       hombre, por qué se prostituye la mujer. Detrás de las rejas de esos
       pudrideros de carne y de espíritu que se llaman presidios, miles de
       infortunados pagan con la tortura de su cuerpo y la angustia de su
       espíritu las consecuencas de ese crimen elevado por la ley a la
       categoría de derecho sagrado: la propiedad territorial. En el
       envilecimiento de la casa pública, miles de jóvenes mujeres
       prostituyen su cuerpo y estropean su dignidad, sufriendo igualmente
       las consecuencias de la propiedad territorial. En los asilos, en los
       hospicios, en las casas de expósitos, en los hospitales, en todos
       los sombrios lugares donde se refugian la miseria, el desamparo y
       el dolor humanos, sufren las consecuencias de la propiedad territorial
       hombres y mujeres, ancianos y niños. Y presidiarios, mendigos,
       prostitutas, huérfanos y enfermos levantan los ojos al cielo con la
       esperanza de encontrar más allá de las estrellas que alcanzan a ver,
       la felicidad que aqui les roban los dueños de la Tierra.
      </para>

      <para>
       Y el rebaño humano, inconsciente de su derecho a la vida, torna a
       encorvar las espaldas trabajando para otros esta tierra con que la
       Naturaleza lo obsequió, perpetuando con su sumisión el imperio de la
       injusticia.
      </para>

      <para>
       Pero de la masa esclava y enlodada surgen los rebeldes; de un mar de
       espaldas emergen las cabezas de los primeros revolucionarios. El rebaño
       tiembla presintiendo el castigo; la tiranía tiembla presintiendo el
       ataque, y, rompiendo el silencio, un grito, que parece un trueno,
       rueda sobre las espaldas y llega hasta los tronos: 
       <emphasis>¡Tierra!</emphasis>
      </para>

      <para>
       <emphasis>¡Tierra!</emphasis>, gritaron los Gracos;
       <emphasis>¡Tierra!</emphasis>, gritaron los anabaptistas de Munzer;
       <emphasis>¡Tierra!</emphasis>, gritó Babeuf;
       <emphasis>¡Tierra!</emphasis>, gritó Bakounine;
       <emphasis>¡Tierra!</emphasis>, gritó Ferrer; 
       <emphasis>¡Tierra!</emphasis>, grita la Revolución mexicana, y este
       grito ahogado cien veces en sangre en el curso de las edades; este 
       grito que corresponde a una idea guardada con cariño a través de los
       tiempos por todos los rebeldes del planeta; este grito sagrado
       transportará al cielo con que sueñan los misticos a este valle de
       lágrimas cuando el ganado humano deje de lanzar su triste mirada al
       infinito y la fije aquí, en este astro que se avergüenza de arrastrar
       la lepra de la miseria humana entre el esplendor y la grandeza de sus
       hermanos del cielo.
      </para>

      <para>
       Taciturnos esclavos de la gleba, resignados peones del campo, dejad el
       arado. Los clarines de Acayucan y Jiménez, de Palomas y las Vacas, de 
       Viesca y Valladolid, os convocan a la guerra para que toméis posesión
       de esa Tierra, a la que dais vuestro sudor, pero que os niega sus frutos
       porque habéis consentido con vuestra sumisión que manos ociosas se
       apoderen de lo que os pertenece, de lo que pertenece a la humanidad
       entera, de lo que no puede pertenecer a unos cuántos hombres, sino
       a todos los hombres y a todas las mujeres que, por el solo hecho de
       vivir, tienen derecho a aprovechar en común, por medio del trabajo,
       toda la riqueza que la Tierra es capaz de producir.
      </para>

      <para>
       Esclavos, empuñad el winchester. Trabajad la Tierra cuando hayáis
       tomado posesión de ella. Trabajar en estos momentos la Tierra es
       remacharse la cadena, porque se produce más riqueza para los amos
       y la riqueza es poder, la riqueza es fuerza, fuerza fisica y fuerza
       moral, y los fuertes os tendrán siempre sujetos. Sed fuertes vosotros,
       sed fuertes todos y ricos haciéndoos dueños de la Tierra; pero para
       eso necesitáis el fusil: compradlo, pedidlo prestado en último caso,
       y lanzaos a la lucha gritando con todas vuestras fuerzas:
       ¡Tierra y Libertad!
      </para>

      <para>
      (De <emphasis>Regeneración</emphasis>, 1º de octubre de 1910).
      </para>
   
  </chapter>

  <chapter>
     <title>Libertad, igualdad, fraternidad</title>

      <para>
       ¡Qué lejos está el ideal, qué lejos! Espejismos del desierto, ilusión
       de la estepa, imagen de una estrella titilando en el fondo del lago.
       Primero era un abismo insondable el que separaba a la humanidad de
       la Tierra Prometida. ¿Cómo llenar ese abismo? ¿Cómo cegarlo? ¿Cómo
       alcanzar la risueña playa que adivinamos que existe en la orilla
       opuesta? El árabe sediento ve de repente agitarse a lo lejos la
       melena de las palmas y hacia allá fustiga su camello. Vana empresa:
       avanza hacia el oasis y el oasis parece que retrocede. Siempre la
       misma distancia entre él y la ilusión, siempre la misma.
      </para>

      <para>
       Defendiendo el abismo están las preocupaciones, las tradiciones,
       el fanatismo religioso, la ley; para poder pasar es preciso vencer
       a sus defensores hasta llenar de sangre ese abismo y en seguida
       embarcarse, nuevo Mar Rojo.
      </para>

      <para>
       Y a llenar ese abismo se han dedicado los hombres generosos a través
       de los tiempos con sangre de los malvados ¡ay! y con su sangre también;
       pero el abismo no se llena; podria vaciarse en él la sangre de toda la
       humanidad sin que por eso se llenase el abismo: es que hay que ahogar
       en esa sangre las preocupaciones, las tradiciones, el fanatismo
       religioso y la ley de los que oprimen.
      </para>

      <para>
       Las grandes revoluciones han tenido por objetivo esas tres palabras.
       Libertad, Igualdad. Fraternidad han figurado inscritas en cien
       banderas y cientos de miles de hombres las han tenido en sus labios
       al expirar en los campos de batalla, y, sin embargo, el abismo no se
       ciega, el nivel de la sangre no sube. ¿Por qué?
      </para>

      <para>
       Ninguna revolución se ha preocupado seriamente por la Igualdad; la
       Igualdad es la base de la Libertad y de la Fraternidad. La igualdad
       ante la ley, que fue la conquista de la Revolución francesa, es una
       mentira que rechaza indignada la conciencia moderna. Las revoluciones
       han sido incendios superficiales. Pueden arder los árboles de un
       bosque; pero las raíces quedarán intactas. Igualmente las revoluciones
       han sido superficiales, no han ido hasta la raíz de los males sociales,
       no han escarbado la carne enferma hasta llegar al origen de la llaga,
       y de eso, los llamados jefes han sido los culpables.
      </para>

      <para>
       Los jefes han sido siempre menos radicales que el grupo de hombres
       a quienes pretenden dirigir y esto tiene su razón de ser: el poder
       vuelve conservador al hombre y no sólo eso, sino que lo encariña con
       el mando. Para no perder su posición los jefes moderan su radicalismo,
       lo comprimen, lo desfiguran, evitan los choques con los intereses
       contrarios; y si por la naturaleza de las cosas mismas el choque es
       inevitable y la lucha armada es una necesidad, los jefes procuran
       siempre arreglárselas de tal modo que su posición no se vea en peligro,
       y concilian, tanto como pueden, los intereses de la revolución con los
       intereses de los dominadores, consiguiendo con ello disminuir la
       intensidad del choque, la duración de la lucha, conformándose con
       obtener un triunfo más o menos fácil. El ideal ... el ideal queda muy 
       lejos después de estas luchas de enanos. Con ellas se consigue barrer
       la superficie y nada más.
      </para>

      <para>
       Por eso, a pesar de la sangre derramada a través de los tiempos; a
       pesar del sacrificio de tantos hombres generosos; a pesar de haber
       lucido en cien banderas las bellas palabras Libertad, Igualdad,
       Fraternidad, existen aún las cadenas, la sociedad se divide en clases
       y la guerra de todos contra todos es lo normal, lo legal, lo honrado,
       lo que los <emphasis>serios</emphasis> llaman el
       <emphasis>orden</emphasis>, lo que los tiranos llaman el
       <emphasis>progreso</emphasis> y lo qne los esclavos, ciegos por la
       ignorancia y acobardados por siglos de opresión y de injusticia,
       veneran y soatienen con su sumisión.
      </para>

      <para>
       Es necesario ahondar, es preciso profundizar. Los jefes son cobardes;
       los jefes no ahondan ni profundizan. El impulso revolucionario
       tropieza siempre con el moderantismo de los llamados directores,
       hábiles políticos si se quiere, pero sin nervio revolucionario.
       Sobre lo que es necesario poner valerosamente las manos, si se quiere
       hacer obra revolucionaria y no obra de politicos vulgares, de
       amblciosos de puestos públicos, es sobre la propiedad territorial;
       pues mientras la tierra continúe siendo la propiedad de unos cuantos;
       mientras haya millones de seres humanos que no cuentan más que con el
       reducido espacio de tierra que ha de amortajar su cadáver cuando
       mueran; mientras los pobres continúen trabajando la tierra para sus
       amos, cualquiera revolución no tendrá otro desenlace que el cambio
       de amos, a veces más crueles que aquellos a quienes se acaba de
       destronar.
      </para>

      <para>
       La Revolución es inminente. De un momento a otro anunciará el Cable
       a todas las naciones del mundo que el pueblo mexicano está en rebelión.
       Los atentados de la tiranía son cada vez más brutales, cada vez más
       cínicos. Porfirio Diaz está loco: ya no se conforma con arrebatar
       la vida a los hombres: está asesinando mujeres, cuyos cadáveres deja
       abandonados para que se los coman los perros. La Bestia Vieja está
       precipitando la Revolución, y de ella se aprovecharán las
       ambiciones si el pueblo no toma posesión de la tierra.
      </para>

      <para>
       Libertad, Igualdad, Fraternidad: tres bellas palabras que se hace
       necesario convertir en tres bellos hechos. Pongamos los
       revolucionarios la mano sobre ese dios que se llama
       <emphasis>derecho de propiedad territorial</emphasis>, y hagamos que
       la tierra sea para todos.
      </para>

      <para>
       Si se va a derramar sangre, que sea en provecho del pueblo. Derramar
       sangre por elevar un candidato a la Presidencia de la República, es un
       crimen, porque el mal que aflige al pueblo mexicano no se cura con
       quitar a Díaz y poner, en su lugar, a otro hombre. Supongamos que el
       ciudadano más honrado, el más bueno de los mexicanos, triunfa por
       medio de las armas y ocupa el lugar en que ahora se enseñorea el más
       perverso y el más criminal de los mexicanos: Porfirio Díaz. Lo que
       hará ese hom!bre será poner en vigor la Constitución de 1857.
       El pueblo, por lo tanto, tendrá derecho a votar; tendrá derecho a
       manifestar con libertad sus ideas; la Prensa no tendrá mordaza; los
       Poderes de la Federación serán independientes unos de otros; los
       Estados recobrarán su soberania; no habrá más reelección. En suma, el
       pueblo mexicano obtendrá lo que se llama libertad politica. Pero
       ¿se haría con eso la felicidad del pueblo? El derecho de votar, el
       derecho de reunión, el derecho de escribir sobre cualquier materia,
       la no-reelección, la independencia de los Poderes ¿podrian dar pan,
       albergue y vestido al pueblo?
      </para>

      <para>
       Una vez más hay que decirlo: la libertad politica no da de comer al
       pueblo; es necesario conquistar la libertad económica, base de todas
       las libertades y sin la cual la libertad politica es una sangrienta
       ironía que convierte al Pueblo-Rey en un verdadero rey de burlas;
       porque si en teoría es libre, en la práctica es esclavo. Hay, pues,
       que tomar posesión de la tierra; arrancarla de las garras que la
       detentan y entregarla al pueblo. Entonces si tendrán pan los pobres;
       entonces si podría llegar a ser libre el pueblo; entonces, con un
       esfuerzo más, nos acercarémos al ideal que vemos lejos porque los
       directores de revoluciones no han tenido el valor de derribar idolos,
       de matar proocupaciones, de hacer pedazos la ley que protege ese
       crimen que se llama propiedad territorial.
      </para>

      <para>
       Es preciso, sin embargo, hablar con honradez. La toma de posesión de
       la tierra por el pueblo será un gran paso hacia el ideal de Libertad,
       Igualdad y Fraternidad. Un gran paso solamente; pero, gracias a él,
       tendrá el pueblo oportunidad para adquirir la educación que le hace
       falta para llegar a constituir, en un porvenir más o menos cercano,
       la sociedad justa y sabia que hoy es sólo una hermosa ilusión.
      </para>

      <para>
       Y mientras no se avance valerosamente por el camino de la liberación
       económica, no se hará obra sana. La libertad no puede existir mientras
       sea una parte de la sociedad la que haga las leyes para que las
       obedezca la parte restante; pues fácil es comprender que nadie hará
       una ley que sea contraria a sus intereses, y como la clase que
       posee la riqueza es la que hace las leyes, o, al menos, la que ordena
       que se hagan, estas tienen que resultar, en todo, favorables a los
       intereses del Capital, y, por lo mismo, desfavorables para los
       intereses de los pobres. He aquí la razón de por qué la ley no
       alcanza a castigar a los ricos ni molesta a éstos para nada.
       Todas las cargas sociales y políticas recaen sobre el pobre. Las
       contribuciones tienen que ser pagadas, exclusivamente, por los pobres;
       los servicios gratuitos, como rondas, fatigas y otras, pesan,
       exclusivamente, sobre las espaldas del pobre; el contingente para
       el Ejército se recluta únicamente entre los proletarios, y en la
       casa pública no se degradan las hijas de la burguesía, sino las
       hijas de los pobres. No podía ser de otro modo: sería absurdo pensar
       que los ricos hacen la ley contra ellos mismos.
      </para>

      <para>
       ¿Puede, en tales condiciones, existir la igualdad? Socialmente la
       igualdad es una quimera bajo el régimen actual. ¿Cómo pueden ser
       iguales el pobre y el rico? Ni en ilustración, ni en el modo de vestir,
       ni en la manera de vivir se parecen la clase dominadora y la clase
       dominada. El trabajo del pobre es rudo y fatigoso; su vida es una
       serie de privaciones y de angustias, ocasionadas por la miseria; sus
       distracciones son escasas: el alcohol y el amor; no pueden participar
       de los goces del rico porque cuestan mucho dinero, y, además, no tiene
       el vestido que se necesita para codearse con la gente elegante; el
       descuido en que ha vivido no ha sido lo más a propósito para adquirir
       maneras distinguidas; la grande ópera y el gran drama, aparte de ser
       diversiones muy costosas, requieren cierta preparación artística o
       literaria que no pueden tener los pobres, empujados, desde niños,
       a ganarse el pan para poder vivir, En cuanto a la igualdad ante la
       ley es la más grande de las majaderías que los aspirantes a gobernar
       ofrecen a las multitudes. Si socialmente es imposible la igualdad
       entre los hombres mientras haya clases sociales, no lo es menos
       politicamente. Los jueces se declaran a favor de los ricos y en
       contra de los pobres al pronunciar sus sentencias; el ejercicio del
       derecho electoral resulta siempre dirigido, organizado y llevado a
       cabo por las clases dominantes, por ser las que tienen tiempo para
       ello, quedando a los pobres únicamente el derecho de llevar las
       boletas a las casillas electorales con el nombre que han escogido los
       directores y organizadores de la elección; de donde resulta que los
       proletarios eligen a quien las clases dominantes quieren que elijan;
       el derecho de manifestar libremente las ideas no puede ser ejercitado
       por los pobres, que no han podido adquirir la ilustración necesaria
       para escribir o hablar en público, y de ese derecho también se
       aprovechan, casi exclusivamente, las clases dominadoras. Y si se
       recorre la lista de todos los derechos politicos, se llegará
       igualmente a la conclusión de que los pobres no pueden ejercitarlos
       porque sus tareas de esclavos apenas les dejan el tiempo absolutamente
       necesario para desentumecer sus miembros en las cortas horas de sueño;
       no tienen la representación social que dan la educación, la
       independencia económica y aun el simple traje elegante, y carecen de
       la ilustración necesaria para competir, con ventaja, con las
       lumbreras intelectuales de la burguesia.
      </para>

      <para>
       ¡Fraternidad! ¿Qué fraternidad puede existir entre el lobo y el
       cordero? La desigualdad social hace a las clases sociales enemigas
       naturales unas de otras. Los poseedores no pueden abrigar sentimientos
       de amistad para los desheredados, en quienes ven una amenaza constante
       para el disfrute tranquilo de sus riquezas, mientras los pobres
       tampoco pueden abrigar sentimientos fraternales para aquellos que los
       oprimen y les merman el producto de su trabajo. De aqui nace un
       antagonismo constante, una querella interminable, una lucha solapada
       y a veces abierta y decisiva entre las dos clases sociales, lucha que
       da vida y fuerza a sentimientos de odio, a deseos de venganza que no
       son los más apropiados a la creación de lazos fraternales y de
       amistad sincera, imposibles en las relaciones del. verdugo y de la
       victima. Pero no es esto todo. Hay todavía algo más que impide a los
       seres humanos acercarse, abrirse el corazón y ser hermanos. La lucha
       por la vida, aunque sea vergonzoso confesarlo, reviste, en la especie
       humana, los mismos caracteres de brutalidad y de ferocidad que en las
       especies inferiores animales. El egoismo impera en las relaciones
       entre los hombres. No educada la especie humana en la solidaridad y
       el apoyo mutuo, cada cual va en pos del pan a disputarlo a sus
       semejantes, del mismo modo que los perros hambrientos se disputan a
       mordidas el derecho de roer un hueso hediondo. Esta es una verdad en
       todas las clases sociales. El rico, envidioso de la riqueza de otro
       rico, le hace la guerra para aumentar sus tesoros con los despojos
       del de su clase. A eso se le llama, con la hipocresía de la época,
       la competencia. El pobre, por su parte, es enemigo de sus hermanos
       igualmente pobres. El pobre ve un enemigo en otro pobre que se
       acerca, tal vez a alquilarse por menos precio. Si hay una huelga,
       no faltan hambrientos dispuestos a hacer traición a sus hermanos
       de clase, ocupando los lugares de los huelguistas. De este modo las
       cosas, la fraternidad es un sueño, y en su lugar sólo hallamos el
       odio de una clase contra otra clase: el odio de los individuos de
       una misma clase entre si; la espantosa guerra de todos contra todos,
       que deshonra a la raza humana y retarda el advenimiento de ese día
       de amor y de justicia con que sueñan los hombres generosos del mundo.
      </para>

      <para>
       La Revolución está para estallar. Todos, luchadores y no luchadores,
       nos vamos a ver arrastrados por el grandioso movimiento. Nadie podrá
       permanecer indiferente al gran choque. Hay necesidad, pues, de
       escoger una bandera. Si se desea simplemente el cambio de amos,
       hay Partidos, fuera del Liberal, que luchan solamente por tener
       nuevos Presidente y Vicepresidente; pero todos aquellos que deseen
       hacer obra revolucionaria verdadera, obra profunda y grande que
       beneficie a los pobres, que vengan a nuestras filas, que se
       agrupen bajo la bandera igualitaria del Partido Liberal, y, unidos,
       arrancaremos la tierra de las pocas manos que la detentan para
       dársela al pueblo, y nos acercaremos al ideal de Iibertad,
       Igualdad y Fraternidad por medio del bienestar del mayor número.
      </para>

      <para>
       (De <emphasis>Regeneración</emphasis>, 8 de octubre de 1910).
      </para>
   
  </chapter>

  <chapter>
     <title>Carne de cañón</title>

      <para>
       Es la hora de reflexionar. Por siglos y siglos la tarea de pensar, de
       estudiar, de reflexionar ha estado a cargo de las llamadas clases
       directoras de la sociedad: los intelectuales y los ricos. La masa no
       ha pensado, y, naturalmente, los que lo han hecho por ella se han
       pagado con creces ese <emphasis>servicio</emphasis>, en perjuicio de
       las multitudes. Pero ha llegado el momento de reflexionar; ha llegado
       el momento de decidir si hemos de continuar los pobres bajo la
       interesada dirección de los intelectuales y los ricos, o si
       valerosamente tomamos por nuestra cuenta el estudio de nuestros
       problemas, y confiamos a nuestras propias fuerzas la defensa de
       nuestros intereses. Ya es tiempo de hacerlo; escojamos: o rebaño
       arrastrable o falange de seres conscientes; la vergüenza o la gloria.
      </para>

      <para>
       Arrastrados por el interés de las clases directoras, las masas
       proletarias han venido derramando su sangre a través de los tiempos.
       Siempre ha habido descontento entre los pobres, descontento ocasionado
       por la miseria y la injusticia, por el hambre y la opresión. Por lo
       mismo, el proletariado ha estado siempre dispuesto a rebelarse con la
       esperanza de alcanzar con la victoria un cambio favorable a sus
       intereses; pero como los proletarios no han pensado con su cabeza,
       sino que han sido las clases directoras quienes han pensado por ellos,
       quienes han encaminado las tendencias de los movimientos
       insurreccionales, ellas han sido las únicas que se han aprovechado
       de los sacrificios de la clase trabajadora.
      </para>

      <para>
       Ved, pues, el proletariado, cuán importante es que emprenda por su
       propia cuenta la conquista de su bienestar. Cada vez que las clases
       directoras necesitan de la fuerza del número para asegurar una
       victoria que las beneficie, acuden al proletariado, a la masa siempre
       dispuesta a rebelarse, seguras de encontrar héroes en la turba que
       cordialmente desprecian, pero a la que entonces adulan, halagan sus
       pasiones y hasta aplauden y estimulan sus vicios y sus extravíos,
       como se pasa la mano por el lomo de las bestias para someterlas
       por la dulzura cuando no es necesario emplear el fuete.
      </para>

      <para>
       De ese modo las masas proletarias han sido lanzadas a la guerra, han
       sido empujadas a cometer empresas contrarias a sus intereses. Guerra
       de conquista, guerras comerciales, guerras coloniales, insurrecciones
       politicas, todo se ha hecho con la sangre de los proletarios,
       aplaudidos a rabiar mientras comprometen la vida como héroes,
       despreciados y escupidos al día siguiente de la victoria en que es
       necesario que alguien se encargue de sembrar el grano, de cuidar
       el ganado, de hacer vestidos, de fabricar casas, siendo entonces
       bajados a puntapiés, los héroes, del pedestal que les formó la
       adulación interesada de las clases directoras, para ir a reanudar
       su trabajo en el surco, en el taller, en la fábrica, en la mina,
       en el camino de hierro, llevando cada uno, como única ganancia,
       un papelote en que consta la declaración oficial de su valor, una
       medalla de cobre para que luzca sobre sus harapos en los grandes días,
       y algunas cicatrices, aparte de los malos hábitos contraídos en la
       promiscuidad de los cuarteles, mientras los intelectuales y los
       ricos se reparten las tierras del país conquistado, y de la nación
       cuyo Gobierno ganaron con el sacrificio de la plebe y derrochan en
       la orgia y en el lujo el copioso botín que los hambrientos
       arrebataron a los vencidos.
      </para>

      <para>
       Y esto ha venido repitiéndose desde tiempo inmemorial; siempre
       burlados los de abajo, siempre gananciosos los de arriba, sin que
       la experiencia haya abierto los ojos al rebaño; sin. que el chasco,
       constantemente repetido, haya hecho revolucionar a la masa,
       la haya hecho pensar. La muchedumbre actual es la misma muchedumbre
       inflamada e inocente que llevó sobre los hombros a los grandes
       capitanes de la antigüedad: la muchedumbre de Alejandro, la chusma
       de Ciro, la plebe de Cambises, el rebaño de Scipión, las multitudes
       de Anibal, los bárbaros de Atila, pensaban lo mismo que las turbas
       napoleónicas, las chusmas conquistadoras del Transvaal, la
       plebe americana de Santiago y de Cavite y las legiones amarillas
       triunfadoras en Manchuria. La psicología de las masas contemporáneas
       es la misma de las masas francesas de 1789, de las masas de Hidalgo
       de 1810, de las masas republicanas de Portugal en estos días.
       Siempre lo mismo: el sacrificio de los generosos proletarios en
       beneficio de las clases dominadoras; el sufrimiento y el dolor de
       los humildes en provecho de los intelectuales y de los ricos.
      </para>

      <para>
       Todo esto ha sido así, porque no se han hecho el propósito los
       proletarios de encauzar los movimientos populares hacia un fin
       favorable a sus intereses, sino que han obedecido las órdenes de la
       minoria dominadora que, como es natural, ha trabajado siempre en
       favor de sus intereses de clase. Así, por ejemplo, en las guerras
       de conquista, en las guerras comerciales y coloniales, guerras que
       el Gobierno de una nación lleva contra el pueblo de otra nación,
       para extender sus dominios territoriales o conquistar mercados
       exteriores que consuman los productos industriales o agrícolas de
       la nación dominadora, el proletariado no hace otra cosa que dar su
       sangre sin obtener, en cambio, ningún beneficio material. Los
       grandes industriales, los grandes comerciantes, los banqueros y
       los hombres del Gobierno son los que se benefician con esas guerras.
       Al proletariado no le queda más que la gloria, si es posible que
       puedan dar gloria los asesinatos en grande escala, cometidos contra
       pueblos extraños para satisfacer la absurda codicia de los reyes
       de la industria, de la banca y del comercio. ¿Es más feliz el
       proletariado inglés de hoy, después del triunfo de las armas
       inglesas en el Transvaal? ¿Es más feliz el pueblo norteamericano
       como consecuencia del triunfo del Ejército de los Estados Unidos
       sobre el Ejército español? ¿El japonés de hoy disfruta de más
       comodidades que antes del triunfo sobre Rusia? Nada de eso: ingleses,
       norteamericanos y japoneses continúan confrontando los mismos problemas
       sociales, agravados aún más por el aumento de poder que el ensanche
       territorial o la adquisición de nuevos mercados dieron a las clases
       directoras.
      </para>

      <para>
       Y en cuanto a las revoluciones, puede observarse el mismo resultado.
       Hechas para obtener la libertad política solamente, las masas
       proletarias que la han hecho triunfar con su sangre, han sido tan
       esclavas después de los movimientos insurreccionales como lo eran
       antes de derramar su sangre. Nuestra propia historia nos suministra
       ejemplos suficientes para demostrar esa gran verdad, que puede parecer
       blasfemia a los que no se preocupan de ahondar las cuestiones, a los
       conservadores de instituciones políticas caídas ya en completo
       desprestigio. La insurrección de 1810, que nos dió la independencia
       política, no tuvo el poder de dar, al pueblo hambriento de pan y de
       instrucción, lo que necesitaba para su engrandecimiento, y eso se
       debió a que el proletariado no se hizo el propósito de tomar por su
       cuenta su redención, encauzando el movimiento del mártir Miguel Hidalgo
       hacia un fin provechoso para la clase trabajadora. El movimiento de
       insurrección contra Santa-Anna, iniciado en Ayutla, y que tuvo como
       resultado la promulgación de la Constitución de 1857, tampoco tuvo
       el poder de dar pan e instrucción al pueblo trabajador. Le dió
       libertades políticas que, como es bien sabido, sólo aprovechan a
       los que ocupan lugar prominente en la vida política y social, pero
       no al proletariado que por su falta de dinero, de instrucción y aún
       de representación social, se encuentra subordinado en un todo a
       la voluntad de las clases directoras. Del movimiento de Ayutla no
       sacó tampoco provecho el proletariado por no haber encauzado él
       mismo ese movimiento al fin práctico de obtener un beneficio para su
       clase. La insurrección de Tuxtepec, que arrastró al pueblo en pos de
       la bandera <emphasis>Sufragio Efectivo y No Reelección</emphasis>,
       reconquistó para las masas la alternabilidad de los cargos de elección
       popular, y tuvo como resultado el despotismo que hoy lamentamos en el
       terreno político y el recrudecimiento de la miseria y del infortunio
       del pueblo obrero, por no haberse hecho cargo la clase trabajadora de
       la dirección del movimiento revolucionario de Porfirio Díaz, y por
       haber confiado su porvenir a las clases directoras de la sociedad.
      </para>

      <para>
       Ahora una nueva revolución está en fermento. Los excesos de la
       tiranía porfirista lastiman a todos, a proletarios y a no proletarios,
       a hombres y a mujeres, a ancianos y a niños. Acaparado el poder
       político en pocas manos, el número de personas de las clases directoras
       que se han visto obligadas a dejar en esas pocas manos la parte del
       poder que tienen bajo todos los gobiernos, se ha entregado,
       naturalmente, a trabajar por la reconquista de su poder. Como en
       todos los tiempos, esas clases directoras bajan hasta el proletariado
       ahora que necesitan de la fuerza del número, y lo acarician, lo adulan,
       ponen en juego la tradicional artimaña de aplaudirle hasta aquello
       que merece censura; pasan, en fin, la mano por el lomo del monstruo
       para atraerlo por la dulzura, sin perjuicio de hacer más dura la
       esclavitud en las haciendas, más penoso y menos remunerativo el
       trabajo en las fábricas, en los talleres y en las minas al día
       siguiente de la victoria alcanzada con la sangre, con el sacrificio,
       con el heroísmo de las masas proletarias.
      </para>

      <para>
       Proletarios: es la hora de retlexionar. El movimiento revolucionario
       no puede detenerse, tiene que estallar por la naturaleza misma de las
       causas que lo producen; pero no hay que temer ese movimiento. Es
       preferible desearlo y aun precipitarlo. Es mejor morir defendiendo el
       honor, defendiendo el porvenir de las familias, que continuar sufriendo,
       en medio de la paz, la afrenta de la esclavitud, la vergüenza de la
       miseria y de la ignorancia. Pero, compañeros, no dejéis a las clases
       llamadas directoras la tarea de pensar por vosotros y de arreglar la
       revolución de modo que resulte favorable a sus intereses. Tomad parte
       activa en el gran movimiento que va a estallar, y haced que tome la
       dirección que necesitáis para que la revolución sea esta vez
       provechosa a la clase trabajadora. Recorred las páginas de la
       Historia, y en ellas encontraréis que en las luchas armadas en que
       han tomado participación las clases directoras habéis representado el
       papel de carne de cañón, simplemente porque no quisisteis daros la
       pena de pensar con vuestra cabeza y de acometer, por vosotros mismos,
       la tarea de vuestra redención. Recordad que la emancipación de la
       clase trabajadora debe ser obra de los trabajadores mismos, y esa
       emancipación comienza por la toma de posesión de la tierra. Alistáos,
       pues, para la gran revolución; pero llevando el propósito de tomar la
       tierra, de arrancarla de las garras de esos señores feudales que hoy
       la tienen para ellos. Sólo haciéndolo asi no seréis carne de cañón,
       sino héroes que sabrán hacerse respetar en medio de la revolución y
       después del triunfo, porque tendréis, por la sola adquisición de
       la tierra, el poder necesario para alcanzar, con poco esfuerzo ya,
       vuestra total liberación.
      </para>

      <para>
       Tened presente una vez más que el simple cambio de mandatarios no es
       fuente de libertad, y que cualquier programa revolucionario que no
       contenga la cláusula de la toma de posesión de la tierra por el pueblo,
       es un programa de las clases directoras, de las que no pueden luchar
       contra sus propios intereses como lo demuestra la historia, de las que
       sólo acuden a la masa, a la plebe, a la chusma, cuando necesitan
       héroes que las defiendan y se sacrifiquen por ellas, héroes que pocas
       horas después del triunfo pueden verse con los ijares sangrando
       bajo la espuela de sus amos.
      </para>

      <para>
       Proletarios: tomad el fusil y agrupaos bajo la bandera del Partido
       Liberal, que es la única que os invita a tomar la tierra para vosotros.
      </para>

      <para>
       (De <emphasis>Regeneración</emphasis>, 15 de octubre de 1910).
      </para>
   
  </chapter>

  <chapter>
     <title>La cadena de los libres</title>

      <para>
       Al leer las Constituciones de los pueblos cultos de la Tierra, el
       filósofo no puede menos que sonreír. El ciudadano, según ellas, es
       casi un ser todopoderoso, libre, soberano, amo y señor de presidentes
       y de reyes; de ministros y de generales; de jueces, magistrados,
       diputados, senadores, alcaldes y un verdadero enjambre de grandes
       y pequeños funcionarios. Y el ciudadano, con un candor que la
       experiencia no ha podido destruir, se cree libre ... porque la ley
       lo dice.
      </para>

      <para>
       <emphasis>Dentro del territorio nacional todos nacen libres</emphasis>,
       dice nuestra Constitución. ¡Libres!, y con los ojos de la imaginación
       vemos al peón encorvado sobre el surco: dejó el lecho antes de que
       saliera el sol; volverá a él mucho después de que haya cerrado
       la noche. ¡Libres!, y en la fábrica, negra, nauseabunda, estruendosa,
       se agita una multitud de seres sudorosos, jadeantes, envejecidos en
       plena edad viril. ¡Libres!, y dondequiera vemos a hombres y mujeres,
       ancianos y niños trabajar sin descanso para poder llevar a la boca un
       pedazo de pan, nada más que lo suficiente, lo estrictamente necesario
       para que el trabajador pueda reanudar sus labores. ¿Sucedía acaso
       todo lo contrario cuando por la ley estaba instituida la esclavitud?
       ¿Trabaja, siquiera, menos el hombre hoy, que es <emphasis>ciudadano
       libre</emphasis>, que cuando era esclavo?
      </para>

      <para>
       El esclavo era más feliz que lo es hoy el trabajador libre. Como había
       costado dinero al amo, éste cuidaba al esclavo; lo hacía trabajar con
       moderación, lo alimentaba bien, lo abrigaba cuando hacia frío, y si
       se enfermaba, lo confiaba a los cuidados de algún médico. Hoy los
       patrones no se cuidan de la suerte de sus trabajadores. No costándoles
       dinero la adquisición de éstos, los hacen desempeñar tareas agotantes
       que en pocos años acaban con su salud, no importándole que las familias
       de los trabajadores carezcan de comodidades y de alimentación, porque
       éstas no les pertenecen.
      </para>

      <para>
       El trabajador de hoy es esclavo como lo fue el de ayer, con la única
       diferencia de que tiene la libertad de cambiar de amo; pero esa
       libertad la paga bien caro desde que no goza de las comodidades, de
       las atenciones, de los cuidados de que era objeto el esclavo de antaño
       y su familia. Pero si hay que dolerse de la situación del trabajador
       moderno, no hay, por eso, que suspirar por los tiempos en que la
       esclavitud era legal. Debemos buscar los medios más apropiados para
       destruir el régimen actual, ya que la experiencia nos demuestra que
       el trabajador de hoy, que lleva pomposamente el nombre de
       <emphasis>ciudadano</emphasis>, es un verdadero esclavo sobre el cual
       no sólo pesa la autoridad del amo, sino que, además, tiene que soportar
       sobre las débiles espaldas todas las cargas sociales y políticas, de
       cuyo peso la ley ha librado mañosamente a las clases ricas e
       ilustradas, para hacerlas caer, con toda su abrumadora pesadumbre,
       sobre el proletariado exclusivamente.
      </para>

      <para>
       La esclavitud y el salariado, que son la misma cosa, con la única
       diferencia del nombre, se fundan en lo que se llama el derecho del
       capital. Se supone, por la ley, que el Capital es de la propiedad del
       que lo posee, quien, por llamado derecho de accesión, tiene derecho a
       apropiarse de todo lo que se produzca con ese Capital. Pero,
       ¿tiene alguien derecho a declararse dueño del Capital?
      </para>

      <para>
       El Capital, según la Economía Política, es trabajo acumulado.
       La maquinaria, los edificios, los buques, las vías férreas, son
       trabajo acumulado, esto es, obra de trabajadores intelectuales y
       manuales de todas las épocas hasta nuestros días, y, por lo mismo,
       no se ve la razón por la cual ese Capital deba pertenecer a unos
       cuantos individuos. El Capital, en efecto, es el trabajo de
       generaciones laboriosas que pusieron su ciencia, su arte o
       simplemente su trabajo manual para formarlo. La maquinaria moderna
       no es más que el perfeccionamiento llevado a cabo en ella por
       generaciones de inventores, de obreros, de artistas, cada uno de los
       cuales puso su parte de trabajo para producir los complicados
       mecanismos que hoy admiramos, y que, debiendo pertener a todos,
       porque son el resultado de una obra colectiva, pertenecen, sin
       embargo -porque así lo dispone la ley, la ley hecha por los
       ricos- a unos cuantos individuos.
      </para>

      <para>
       Si el Capital es la obra de las generaciones laboriosas de la
       especie humana, como es indudable, no puede pertenecer a un reducido
       número de individuos, sino que a todos los que estén dispuestos a
       seguir los pasos de las generaciones anteriores que se esforzaron en
       aumentarlo y mejorarlo con su trabajo personal. Esto es lo que la
       justicia y la lógica aconsejan; pero la ley, para la cual son
       estorbos molestos la lógica y la justicia, ordena lo contrario: es
       por eso por lo que el proletariado tiene que ponerse a las órdenes
       de un amo para poder vivir, permitiendo que el producto de su trabajo
       pase casi íntegro a los bolsillos de los detentadores de la riqueza
       social.
      </para>

      <para>
       Por eso el filósofo, al leer las Constituciones de los pueblos
       cultos, la nuestra inclusive, no puede menos que sonreír. La palabra
       <emphasis>ciudadano</emphasis> es un sarcasmo, la palabra libertad es
       una ironía, y los tan llevados y traidos derechos del hombre lo
       amparan todo, menos lo que es esencial, el primordial derecho, sin el
       cual la especie humana queda a merced de todas las injusticias y es
       pasto de la miseria, de la prostitución y del crimen: el derecho de
       vivir.
      </para>

      <para>
       Todos los derechos están garantizados, menos el de vivir. El derecho
       a la vida es la base de todos los derechos, y consiste en la facultad
       que tiene todo ser humano de aprovechar ampliamente, por el sólo hecho
       de venir a la vida, todo lo que existe, sin más obligación que la de
       permitir a los demás seres humanos que hagan lo mismo, dedicándose
       todos a la conservación y fomento de la riqueza social.
      </para>

      <para>
       Veis, proletarios, que tenéis derecho a algo más que la limosna que
       se os da por vuestro trabajo con el nombre de salario. Tenéis derecho
       a percibir íntegro el producto de vuestro trabajo, porque el Capital
       es de todos, hombres y mujeres, ancianos y niños. El salario, por lo
       tanto, es un ultraje; es la cadena de los libres, la cadena que es
       preciso quebrantar para que la palabra <emphasis>ciudadano</emphasis>
       deje de ser un ultraje por aplicársela a verdaderos esclavos. Si eso
       se hace, se habrá obtenido la libertad económica.
      </para>

      <para>
       La tarea, sin embargo, no es fácil. No sólo se oponen a la
       realización de ese hermoso ideal la ley y sus sostenedores el fraile,
       el soldado, el polizonte, el juez y toda la máquina gubernamental,
       sino que, al lado de todo ese sistema opresivo, está la pasividad de
       las multitudes, la inacción de las masas acostumbradas a la
       servidumbre y al ultraje hasta el grado de considerar como
       absolutamente natural y muy en orden que el pobre sea la bestia
       de carga del rico y que el Gobierno sea el padrastro feroz, facultado
       por la divinidad para castigar a los pueblos. Es necesario que la masa
       piense de otro modo, que comprenda sus derechos para que esté
       dispuesta a reivindicarlos, siendo el principal de los derechos el
       derecho a la vida.
      </para>

      <para>
       Ardua tarea de educación requiere eso, y no basta con ir a las
       escuelas oficiales para obtener la educación. Las escuelas
       oficiales educan al pueblo en el sentido de hacer de cada hombre un
       sostenedor del sistema actual. Si en las escuelas oficiales se
       aprendiera a desconocer el derecho que tienen los capitalistas a
       apropiarse el producto del trabajo de los proletarios, los Estados
       Unidos, por ejemplo, habrían dado un paso en la vía de la libertad
       económica, pues casi todos los norteamericanos saben leer y escribir.
       Pero en las escuelas se enseña todo lo contrario: se enseña al niño
       a admirar la destreza con que algunos hombres saben sacar provecho
       del sudor y la fatiga de sus semejantes, para convertirse en reyes
       del acero, del petróleo y de otras cosas. En la escuela se enseña
       al niño que el ahorro y la laboriosidad son el origen de las
       grandes fortunas de esos Cresos modernos que dejan boquiabiertos
       a los imbéciles, cuando la experiencia demuestra que sólo las malas
       artes, la violencia y el crimen pueden acumular la riqueza en las
       manos de un hombre.
      </para>

      <para>
       El pueblo, pues, necesita educación, pero distinta de la educación
       oficial, cuyos programas han sido sugeridos o dictados por los
       interesados en perpetuar la esclavitud de los pobres en beneficio
       de los audaces y de los malvados. La educación de las masas, para
       que sea verdaderanwente provechosa y vaya de acuerdo con las
       conquistas que ha logrado hacer el pensamiento humano, es preciso
       que esté a cargo de los trabajadores, esto es, que ellos la costeen
       y sugieran los programas educacionales. De este modo se conseguirá
       que la juventud proletaria entre de lleno a la vida, bien armada de
       las ideas modernas que darán a la humanidad el suspirado bien de la
       justicia social.
      </para>

      <para>
       Al lado de la educación proletaria debe estar la unión de los
       trabajadores, y así, con la unión solidaria de los explotados y su
       educación, se logrará romper para siempre la cadena maldita que nos
       hace esclavos a los pobres y amos naturales a los ricos: el salario,
       y se entregará la humanidad al disfrute libre e inteligente de todo
       cuanto han podido acumular las generaciones anteriores y que está
       actualmente en poder de un reducido número de modernos negreros.
      </para>

      <para>
       Pero para que el proletariado mexicano pueda unirse y educarse,
       necesita antes que cualquiera otra cosa, algún bienestar material.
       Las largas horas de trabajo, la insuficiente alimentación, las pésimas
       condiciones de los lugares de trabajo y de habitación, hacen que el
       trabajador mexicano no pueda progresar. Cansado por la labor
       prolongada, apenas si le queda tiempo para descansar por medio del
       sueño para reanudar su tarea de presidiario. Por lo mismo, no le
       queda tiempo para reunirse con sus compañeros de trabajo, y discutir
       y pensar juntos sobre los problemas comunes al proletariado, ni tiene
       humor para abrir un libro o leer un periódico obrero. El obrero, así,
       está absolutamente a merced de la voracidad del capitalismo.
       Necesario es, por lo mismo, que se reduzcan las horas de trabajo y
       se aumenten los salarios, al mismo tiempo que se entregue la tierra
       a todos los pobres, para, de ese modo, crear un ambiente de bienestar
       propicio a la educación y a la unión de la clase trabajadora.
      </para>

      <para>
       Pero, para esto, hay que ejercitar la violencia. En frente del
       interés de los desheredados está el interés de los ricos y el
       interés de los bandidos que están en el Poder. Los poseedores de la
       riqueza no van a permitir por su voluntad que el pueblo tenga algún
       respiro y cobre alientos para entrar de lleno en la gran lucha contra
       todo lo que se opone a la emancipación humana. No nos queda otro
       recurso a los desheredados que recurrir a la fuerza de las armas para
       formar, con nuestro esfuerzo, un medio mejor en el cual podamos
       educarnos y unirnos firmemente para las grandes conquistas del porvenir.
      </para>

      <para>
       Educación y solidaridad, teniendo como base el alivio de las
       condiciones existentes, será el fruto inmediato de la próxima
       revolución. Un paso más después de eso, y habremos llegado a los
       umbrales del ideal.
      </para>

      <para>
       Bienvenida sea la revolución; bienvenida sea esa señal de vida, de
       vigor de un pueblo que está al borde del sepulcro.
      </para>

      <para>
       (De <emphasis>Regeneración</emphasis>, 22 de octubre de 1910).
      </para>
   
  </chapter>

  <chapter>
     <title>Discordia</title>

      <para>
       Imaginaos la Tierra sin montañas, el mar sin olas, el cielo sin
       estrellas, la flor sin colores. Imaginaos a todas las aves vistiendo
       el mismo plumaje, a todos los insectos ostentando la misma forma y
       color. Imaginaos las llanadas sin un repliegue, sin un accidente;
       arenas y guijarros aquí, guijarros y arenas allá, arenas y guijarros
       por todas partes; ni un árbol, ni un yerbajo; nada que trunque la
       monotonía del paisaje, nada que interrumpa la uniformidad del cuadro;
       ni un arroyo que murmure, ni un pájaro que cante, ni una brisa que
       recuerde que hay movimiento, que hay acción. Imaginaos, por último,
       a la humanidad, sin pasiones, teniendo todos los mismos gustos,
       pensando todos del mismo modo, y decid si no sería preferible morir
       de una vez a sufrir la prolongada agonía, que no otra cosa sería
       el vivir en tales condiciones.
     </para>

     <para>
      El orden, la uniformidad, la simetría parecen más bien cosas de la
      muerte. La vida es desorden, es lucha, es crítica, es desacuerdo,
      es hervidero de pasiones. De ese caos sale la belleza; de esa 
      confusión sale la ciencia; de la crítica, del choque, del desorden,
      del hervidero de pasiones surgen radiantes como ascuas, pero grandes
      como soles, la verdad y la libertad. La discordia, he ahí el grande
      agente creador que obra en la naturaleza. Las acciones y las reacciones
      en la materia inorgánica y en la orgánica, generadoras de movimiento,
      de calor, de luz, de belleza, ¿qué son sino obra de la Discordia?
      Rompiendo la monotonía de las substancias simples, la Discordia acerca
      unas a las otras, las mezcla, las combina, las desmenuza y las lleva
      de un lugar a otro: el hierro que duerme en las entrañas de la tierra
      es el mismo que arde al atravesar la atmósfera terrestre en la forma
      de aerolito, el que enrojece los labios de una mujer y el que brilla
      en la hoja de un puñal; el carbono que se presenta negro en los
      tizones apagados es el mismo que se ostenta verde y bello en las
      hojas de las plantas, límpido como una gota de rocío en el diamante,
      tibio y acariciador en el aliento de la mujer amada. Todo lo
      transforma la Discordia: disuelve y crea, destruye y esculpe.
     </para>

     <para>
      En las sociedades humanas la Discordia desempeña el principal papel.
      Innovadora, rompe viejos moldes y crea nuevos; destruye tradiciones
      queridas, pero perniciosas al progreso, y prende en el alma popular
      nuevas lumbres, nuevas ansias después de destruir los rescoldos en
      que desentumecen su frío senil los ideales viejos. Esteta, detiene
      en su trillado camino al Arte y lo hace tomar nuevos derroteros,
      donde hay fuentes no aprovechadas aún por el rebaño literatoide,
      nuevos colores, nuevas armonías, giros de dicción inesperados que no
      existen en ninguna paleta, que no han vibrado en ninguna cuerda, que
      no han brotado como chorros de luz de ninguna pluma. Revolucionaria
      siempre, la Discordia hace que el disgusto fermente en los pechos
      proletarios hasta que, amargadas las almas hasta el límite, irritados
      los nervios hasta alcanzar el máximo de tensión, la desesperación hace
      que las manos busquen la piedra, la bomba, el puñal, el revólver, el
      rifle, y se lancen los hombres contra la injusticia, dispuesto cada
      uno a ser un héroe.
     </para>

     <para>
      Mientras el pobre se conforma con ser pobre; mientras el oprimido se
      conforma con ser esclavo, no hay libertad, no hay progreso. Pero
      cuando la Discordia tienta el corazón de los humildes; cuando viene
      y les dice que mientras ellos sufren sus señores gozan, y que todos
      tenemos derecho a gozar y vivir, arden entonces las pasiones y
      destruyen y crean al mismo tiempo; talan y cultivan, derriban y
      edifican. ¡Bendita sea la Discordia!
     </para>

      <para>
       (De <emphasis>Regeneración</emphasis>, 29 de octubre de 1910).
      </para>
   
  </chapter>

  <chapter>
     <title>Solidaridad</title>

      <para>
       Ante el espectáculo de la guerra bestial de todos contra todos, que
       se inició con la aparición del primer propietario sobre la Tierra y
       se ha prolongado hasta nuestros días, produciendo como lógico resultado
       la división de la humanidad en dos clases, una de opresores y la otra
       de oprimidos; de señores una y de esclavos la otra; ante el espectáculo
       de esa lucha que hace completamente extraño a un hombre de otro hombre,
       y a los hombres de una nación enemigos al parecer naturales de los
       hombres de otras naciones; ante el espectáculo de esa guerra que
       parece eterna, cabe preguntar: ¿ha progresado el hombre?
      </para>

      <para>
       El progreso material alcanzado por la humanidad es enorme, es 
       gigantesco si se le compara con su progreso moral; pues mientras
       todos admiramos el fonógrafo, el cinematógrafo, la telegrafía
       inalámbrica y la navegación aérea, las más generosas concepciones
       de los filósofos, aquellas que, puestas en práctica, abrirían
       amplios horizontes para gozar libremente la dicha de vivir, se
       asfixian entre las pastas de libros rara vez abiertos y, todavía
       peor, rara vez comprendidos.
      </para>

      <para>
       No es extraño, pues, que, hoy como ayer, la lucha por la vida
       revista el mismo carácter de ferocidad, de hostilidad recíproca, que
       hace del hombre, como dijera Hobbes, el lobo del hombre:
       <emphasis>homo hóminis lupus</emphasis>. No; no es extraño que el
       hombre del presente, que sabe manejar la electricidad y que ha
       encontrado la manera de volar, tenga, respecto de los demás hombres,
       el mismo sentimiento de encono que hacía hervir la sangre del 
       troglodita cuando, vuelto de la caza, encontraba en su vivienda de
       roca un oso o una hiena listos para disputarle el alojamiento y el
       sustento. Progresa la humanidad, pero en un sentido solamente.
      </para>

      <para>
       Por eso, cuando se habla de solidaridad, muy pocos son los que
       entienden. La solidaridad es el conocimiento del interés común, y
       la acción consecuente con ese conocimiento. A pesar de su sencillez,
       la solidaridad es desconocida casi por todos. Un egoísmo cada vez más
       grande domina las relaciones de los hombres entre si. Protestas
       aisladas contra tal estado de cosas perecen tan pronto como son 
       formuladas, acalladas por el estrépito mismo de la lucha; espíritus
       generosos que osan erguirse en medio de los combatientes para
       predicar la fraternidad, caen hechos pedazos como florecillas
       puestas al paso de una tropelada de bestias: para cada redentor hay
       un Calvario o un Monjuich.
      </para>

      <para>
       Y en esta lucha implacable los vencedores son siempre los mismos:
       los inteligentes y los malvados, con la única diferencia de que ayer
       justificaban su triunfo como un resultado de la voluntad divina, y hoy,
       avergoncémonos, justifican sus depredaciones con la ciencia. La teoría
       de Darwin sobre la selección, que explica cómo los individuos mejor
       dotados para la lucha por la vida son los que triunfan, es el
       razonamiento que esgrimen los ricos y los déspotas contra los que
       tratan de poner en duda el derecho que se apropian para explotar y
       oprimir, aunque olvidando decir, porque así les conviene, que los
       animales de una misma especie no se destruyen unos a los otros, ni
       se declaran unos los amos de los otros. La lucha de las especies va
       dirigida contra otras especies, a la vez que se opera un proceso de
       adaptación al medio. Sólo la especie humana ofrece el repugnante
       espectáculo de devorarse unos individuos a los otros, produciéndose
       con eso un retardo evidente del progreso, cuando por la solidaridad
       hace muchos miles de años que habría esclavizado a la naturaleza
       y obtenido su progreso integral.
      </para>

      <para>
       El desconocimiento del interés común a todos los hombres, esto es,
       el desconocimiento de la solidaridad, hace que cada hombre vea en
       otro hombre un competidor al que es necesario vencer para poder vivir.
       El rico vive del pobre; pero a su vez teme a los demás ricos que
       pueden arruinarle para enriquecerse más. El pobre, por su parte, ve
       en cada recién nacido una boca más que va a mermar la porción de pan
       que le permite comer, y ve en cada pobre un enemigo que puede
       alquilarse por menos precio y dejar sin pan a él y a su familia.
      </para>

      <para>
       Esta lucha implacable, que tiene su origen en la falta de solidaridad
       entre todós los seres humanos, mata en el hombre, o al menos debilita
       en él, el instinto de sociabilidad, característico de las especies
       animales superiores, a la vez que lo hace mentiroso, falso, cobarde
       y egoísta. Triunfan, en un medio así, los malvados, los que no son
       sinceros, los codiciosos y los brutales, y por eso, mientras el
       progreso material es grande, las concepciones filosóficas más bellas
       viven solamente en las páginas de los libros comidos por la polilla
       en los estantes de las bibliotecas.
      </para>

      <para>
       Pero en vista de que las clases ilustradas y ricas no entienden la
       solidaridad o fingen no entenderla, o a lo sumo la practican solamente
       en lo que concierne al estrecho interés de su clase, sin comprender
       ni practicar la solidaridad que debería unir a la especie humana en
       una sola fuerza inteligente y activa que pusiera a la naturaleza al
       servicio del hombre; en vista de las agresiones de esas clases
       dominadoras, la clase proletaria debe unirse, debe apretar sus filas
       para poder librar una decisiva batalla en la que tendrá la victoria
       por ser la que cuenta mayor número de individuos.
      </para>

      <para>
       En vez de ver en cada pobre un concurrente molesto, una boca más con
       la cual hay que compartir las migajas que despreciativamente nos dan
       los ricos como salario, debemos pensar que es nuestro hermano; debemos
       hacerle comprender que nuestro interés es el suyo, y que en la lucha
       contra las clases dominadoras debemos estar juntos. ¿Hay una huelga?
       El interés de todos es ayudar a los que están en huelga. Alquilarse
       en lugar del huelguista es una traición al interés común de los pobres,
       porque se ayuda con eso a las clases opresoras a no conceder nada a
       las clases oprimidas. Alquilarse por menos de lo que gana otro
       trabajador, es, igualmente, una traición, porque se hace ganar más
       al rico y se empeora la condición de la clase trabajadora con la
       rebaja de los salarios. Hay que considerar como un mal que se hace
       a todos, el mal que se hace a un trabajador.
      </para>

      <para>
       En la Revolución que se acerca, el trabajador mexicano debe mostrarse
       solidario. Unido fuertemente a los demás trabajadores podrá dar a la
       Revolución el giro que desee y que esté de acuerdo con su interés.
       Toma de posesión de la tierra, aumento de los salarios y disminución de
       las horas de trabajo, junto con la educación, serán las primeras
       conquistas preparatorias de la gran batalla final que quitará de las
       manos de unos cuantos lo que se necesita para la producción de la
       riqueza y su distribución. Pero, hay que entenderlo bien: eso sólo
       se conseguirá si la Revolución se hace con ese propósito. Mas si
       desviados los proletarios, hacen la revolución solamente para darse
       el lujo de tener un nuevo Presidente, o lo que es lo mismo, un nuevo
       amo, deben entender que no conseguirán, con eso, el alivio de la
       miseria, ni el acercamiento al ideal de Libertad, Igualdad y
       Fraternidad que debe vivir en el corazón de todo hombre y de toda mujer.
      </para>

      <para>
       (De <emphasis>Regeneración</emphasis>, 29 de octubre de 1910).
      </para>
   
  </chapter>

  <chapter>
     <title>Las canas</title>

      <para>
       Las canas son simpáticas. Una cabeza con canas es agradable y ante
       ella se experimenta una sensación de frescura: es que tal vez, por
       asociación de ideas, piense uno en las cimas de los volcanes. Pero
       hay cabezas canosas cuya vista molesta y hacen apretar fuertemente
       los puños. Las hay tan odiosas, que involuntariamente hecha uno de
       menos el hacha del verdugo. La nieve, al caer, cubre indistintamente
       una flor o la carne podrida de algún animal.
      </para>

      <para>
       Las canas de Porfirio Díaz, ¿habrá canas más odiosas?
      </para>

      <para>
       Respetad las canas; respetad la ancianidad de nuestro gran Presidente,
       gritan hasta ponerse roncos los lacayos del tirano. Los osos polares
       tienen el pelo blanco. ¿Respetarán a los osos polares esos
       sentimentales señores? ¿Se quitarán el sombrero ante las hienas
       viejas, sólo porque son viejas?
      </para>

      <para>
       La ancianidad es simpática ciertamente y merece atenciones. El corazón
       rebosa cariño ante las manos temblorosas y los labios balbucientes de
       los viejos. Historia hecha carne y hueso son los viejos. Respetémoslos.
      </para>

      <para>
       Pero ¿qué decir de las canas ensangrentadas? ¿Qué decir de las manos
       temblorosas que saben decretar de una plumada la muerte, el destierro
       o la prisión de los hombres más buenos? ¿Qué decir de los labios que
       ante las lágrimas de las mujeres, la orfandad de los niños y el
       desamparo de los ancianos, ante el sufrimiento de toda una raza
       tienen fuerza para decir: yo mando; obedeced?
      </para>

      <para>
       Ancianidad maldita es la de los tiranos. Malditas las canas
       humedecidas con la sangre y las lágrimas de la humanidad. Benditas
       las canas de un Hidalgo o de un Ferrer; malditas las cabezas canosas
       de un Doctor Francia o un Porfirio Díaz.
      </para>

      <para>
       Canas, nieves, lirios, blancas nubes: enrojeced. Vive aún la deshonra
       de todas las blancuras, la vergüenza de todas las purezas: aun alienta
       la ancianidad odiosa de Porfirio Díaz.
      </para>

      <para>
       La inmundicia destinada a las moscas es a veces protegida por la nieve.
      </para>

      <para>
       (De <emphasis>Regeneración</emphasis>, 21 de octubre de 1910).
      </para>
   
  </chapter>

  <chapter>
     <title>Frailes y tiranos</title>

      <para>
       No puede negarse que el proletariado mexicano empieza a dar señales de
       vida. Las huelgas de Cananea y de Río Blanco, cuyo trágico desenlace no
       es posible recordar sin sentir cólera contra un Gobierno de asesinos,
       fueron el comienzo de la guerra industrial en México. A esas huelgas
       siguieron otras, las de los ferrocarrileros, motoristas, panaderos y
       muchas más, que sacudieron fuertemente la atención de los capitalistas
       y los hombres del Gobierno que nunca pensaron que el dócil trabajador
       mexicano llegase a cansarse de sus cadenas.
      </para>

      <para>
       Asustado el Gobierno, quiso detener en sus comienzos el movimiento
       del proletariado empleando la vieja política del terror. ¿Tenían hambre
       los obreros y pedían en voz alta salario más elevado? Pues, allá iban
       los cosacos de la Dictadura a ahogar en sangre las demandas de
       justicia. ¿Se unían los trabajadores para luchar contra el Capital?
       Pues, no tardaban los soldados en llegar a aprehender a los directores
       de la unión y en fusilarlos. Así pasó en Cananea; así sucedió en Río
       Blanco. Pero esto no dio al despotismo el resultado apetecido. La
       intranquilidad continuó existiendo; el disgusto de las masas obreras
       cada vez era más marcado y hoy el proletariado está próximo a
       verificar su primera insurrección consciente.
      </para>

      <para>
       La alarma de las clases directoras es grande, tan grande como el
       disgusto de la clase proletaria que está para exteriorizarse en
       acción. Espartaco despierta; Shylock se estremece; Loyola, en las
       sombras, urde sus planes.
      </para>

      <para>
       El clero mexicano ha salido al encuentro de las demandas proletarias
       con el jesuitismo que le es característico. Díaz no pudo acallar a
       balazos la protesta del hambre; ahora encomienda a Loyola la solución
       del conflicto. Ya se sabe que tiranos y frailes se han prestado
       mutuamente apoyo en todos los casos graves.
      </para>

      <para>
       José Mora y Del Río, Arzobispo de México, asociado a algunos Obispos,
       Canónigos y simples presbíteros y seglares ha organizado una serie de
       conferencias para buscar una solución al Problema del Trabajo, el que
       pretenden resolver por medio de una amigable avenencia entre patronos
       y trabajadores.
      </para>

      <para>
       Guillermo De Landa y Escandón, Gobernador del Distrito Federal, por
       su parte, después de tantas visitas a fábricas y talleres; después
       de haber visto con sus propios ojos las pésimas condiciones en que
       se efectúa el trabajo, los miserables salarios que ganan los obreros y
       las largas jornadas de labor, está en vísperas, según dice
       <emphasis>El Imparcial</emphasis>, de fundar una sociedad
       <emphasis>mutualista y moralizadora</emphasis>, para obtener el
       resultado que quieren los clérigos: la amigable avenencia entre
       patronos y trabajadores.
      </para>

      <para>
       De este modo, frailes y tiranos quieren resolver el Problema del
       Trabajo. Nada de decir al trabajador que es víctima de la voracidad
       de los capitalistas con el sistema del salariado; nada de ahondar el
       asunto haciendo ver claro al proletario que no hay ninguna razón para
       que deje a los patrones casi la totalidad del producto del trabajo.
       Esas son cosas de los anarquistas y de los socialistas, dicen a una
       voz clérigos, déspotas y ricos.
      </para>

      <para>
       El proletariado debe estar bien prevenido para no dejarse embaucar
       por sus verdugos. No puede haber paz, ni es de desearse que la haya,
       mientras exista la desigualdad social, esto es, mientras haya pobres
       y ricos, patrones y trabajadores. Media un abismo insondable entre el
       interés del rico y el interés del trabajador. El interés del rico está
       en aumentar sus ganancias a costa del trabajo del pobre; el interés
       del pobre está en aumentar sus ganancias en perjuicio del pretendido
       derecho del rico. ¿Cómo podrían conciliarse esos dos intereses
       diametralmente opuestos? De ninguna manera. Charlatanería es, y no
       otra cosa, pretender resolver el Problema del Trabajo por la
       fratemización de intereses que se excluyen.
      </para>

      <para>
       Pero en el caso que nos ocupa hay un fin avieso que lo hace doblemente
       odioso. Frailes y tiranos quieren desviar las tendencias del movimiento
       obrero mexicano. Frailes y tiranos ven claramente que el trabajador
       comienza a orientarse, a comprender que su causa es distinta de la
       causa del capitalista, y se hace urgente para ellos detener el avance
       de las ideas modernas sobre Capital y Trabajo y darles un curso que
       les permita prolongar el actual orden de cosas tan propicio a las
       rapacidades del Capital.
      </para>

      <para>
       De desear es que la clase trabajadora entienda de una vez que su
       redención tiene que ser obra de su propio esfuerzo. Las clases
       directoras, como ya lo hemos dicho otras veces, se hacen pagar bien
       caros los pretendidos servicios que prestan a las clases laboriosas.
       Los trabajadores deben tomar por su cuenta el estudio y solución de
       sus problemas. No dejar más al lobo el oficio de pastor.
      </para>

      <para>
       La Revolución se acerca. Tomemos la tierra para el pueblo,
       ennoblezcamos el trabajo y demos con ello una lección a frailes
       y tiranos de cómo deben tratarse las cuestiones entre el Capital
       y el Trabajo.
      </para>

      <para>
       (De <emphasis>Regeneración</emphasis>, 29 de octubre de 1910).
      </para>
   
  </chapter>

  <chapter>
     <title>Sembrando</title>

      <para>
       Yo me imagino las satisfacciones y las angustias del sembrador.
       ¡Cuántas emociones debe sentir el hombre que pone el grano en la
       tierra! He aqui un yermo; pero el sembrador viene y remueve la tierra,
       la rebana, desmenuza los toscos terrones, la peina, echa el grano y
       riega. Luego, ¡a esperar! Mas no consiste esa espera en cruzarse de
       brazos: hay que luchar; hay que luchar contra las aves que bajan a
       comerse el grano, contra los animales que se alimentan de las plantitas
       tiernas, contra el frío o la acequia que amenaza desbordarse, contra el
       yerbajo que se extiende y va a sepultar la siembra. ¡Con qué emoción
       aguarda cada nuevo día, esperando ver las puntitas verdes de las
       plantas saliendo de la tierra negra! Por fin aparecen, y entonces
       levanta angustiado la vista al cielo; sabe leer en las nubes el tiempo
       que va a haber; la dirección con que sopla el viento, tiene,
       igualmente, grande importancia. Viendo las nubes, reconociendo el
       viento, se le ve palidecer o iluminarse su rostro, según se deduce
       de la apariencia del medio, bueno o mal tiempo.
      </para>

      <para>
       Empero, estas torturas nada son comparándolas con las que sufre el
       sembrador de ideales. La tierra recibe con cariño. El cerebro de las
       masas humanas rehusa recibir los ideales que en él pone el sembrador.
       La mala yerba, las malezas representadas por los ideales viejos, por
       las preocupaciones, las tradiciones, los prejuicios, han arraigado
       tanto, han profundizado sus raices de tal modo y se han entremezclado
       a tal grado, que no es fácil extirparlas sin resistencia, sin hacer
       sufrir al paciente. El sembrador de ideales echa el grano; pero las
       malezas son tan espesas y proyectan sombras tan densas, que la mayor
       parte de las veces; no germina; y si, a pesar de las resistencias,
       la simiente-ideal está dotada de tal vitalidad, de tan vigorosa
       potencia, que logra hacer salir el brote, crece éste débil, enfermizo,
       porque todos los jugos los aprovechan las malezas viejas y es por
       esto por lo que con tanto trabajo logran enraizar las ideas nuevas.
      </para>

      <para>
       El miedo a lo desconocido entra con mucho en la resistencia que el
       cerebro de las masas ofrece a los ideales nuevos. La cobardía del
       rebaño queda perfectamente expresada en la frase que anda en boca
       de todos los taimados: <emphasis>Vale más malo por conocido que bueno
       por conocer</emphasis>. Son amargos los frutos de las viejas ideas:
       sin embargo, la imbecilidad o cobardía de las masas los prefieren
       mejor que entregarse al cultivo de nuevos y sanos ideales.
      </para>

      <para>
       El sembrador de ideales tiene que luchar contra la masa, que es
       conservadora; contra las instituciones, que son conservadoras
       igualmente; y solo, en medio del ir y venir del rebaño que no lo
       entiende, marcha por el mundo no esperando por recompensa más que
       el bofetón de los estultos, el calabozo de los tiranos y el cadalso
       en cualquier momento, Pero mientras va sembrando, sembrando,
       sembrando; el sembrador de ideales que llega va sembrando, sembrando,
       sembrando ...
      </para>

      <para>
       (De <emphasis>Regeneración</emphasis>, 5 de noviembre de 1910).
      </para>
   
  </chapter>

  <chapter>
     <title>El pueblo y la tiranía</title>

      <para>
       El tirano no es un producto de generación expontánea: es el producto
       de la degradación de los pueblos. Pueblo degradado, pueblo tiranizado.
       El mal, pues, está ahí: en la masa de los sufridos y los resignados,
       en el montón amorfo de los que están conformes con su suerte.
      </para>

      <para>
       Es costumbre, cuando la tirania aprieta la garra un poco más de lo
       que se está acostumbrado a sufrirla, levantar los puños con dirección
       al trono donde el déspota está sentado, cuando bueno fuera descargar
       los primeros golpes sobre los rostros indiferentes de los mansos,
       de los que encuentran todavía satisfacciones y dichas en su 
       condi